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ROSA Y EL ARTE DE ENSEÑAR Un día llamaron a mi amiga Rosa de un colegio privado, cuyo nombre y localidad omitiré si me lo permiten. La anterior profesora se había casado y, harta de niños y madrugones, tenía ganas de disfrutar de su nueva vida conyugal.
Rosa recorrió las instalaciones del colegio un par de semanas antes de que se iniciara el curso, se entrevistó con los compañeros de departamento, comprobó los temarios, los materiales y el catálogo audiovisual del centro… vamos, que ya lo tenía todo más que preparado para empezar sus clases, y eso que los chavales aún estaban tumbados en la playa. A mi eso de dar clases me encanta. No sólo darlas yo, sino saber cómo las dan otros. Creo, y los que sean profesores de instituto seguro que están de acuerdo conmigo, que eso de plantarte ante 20 o 30 chavales y lograr llegarles (al menos a una parte) es todo un arte. Y como cada artista tiene su técnica, yo intento aprender cuantas más mejor. Así que invité a Rosa a tomar un café para que me explicara qué iba a hacer: “Pues yo quiero dar las clases como en El club de los poetas muertos.” “¿Disfrazada de Robin Williams?” “No hombre, acabando con la dura disciplina.” Rosa no sabía, pobrecita ella, que la disciplina en las aulas desapareció hace mucho tiempo. Y que Robin Williams da clases estupendas porque sus alumnos son estadounidenses de los años 50, es decir, nada que ver con gaditanos de principios del siglo XXI. Pero yo no dije nada, que luego me dicen que soy un pesimista. XXX O XXX Unas semanas después, cuando volvimos a coincidir, estaba destrozada. “¿Los niños no quieren aprender?” “Dos o tres sí. Lo malo es que el resto de la clase tiene más hormonas que ganas de aprender.” “¿Y Robin Williams?” “A ese cabrón lo ponía yo a dar clases en el colegio, a ver cuanto tardaba en volverse adicto a los tranquilizantes.” Todo esto Rosa me lo decía con un nuevo tick en su ojo izquierdo. Rosa descubrió que efectivamente, aprender es muy bonito, pero convencer de ello a 30 personas diferentes por clase no es fácil. Porque Tomás de 1ºA quiere ser electricista, pero su padre dice que nones, que abogado o médico; y Marta de 4ºC acaba de dejarlo con el novio, y se pueden ustedes imaginar las pocas ganas que tiene de conocer el problema agrario español; y Jacobo ha estado ya en 4ºA, B y C, y piensa estar en D y E si hace falta, pues está en huelga de cerebros caídos hasta que su madre no le mande aun instituto público. XXX O XXX Ya han pasado tres años desde que Rosa entró en el colegio, y créanlo o no, se ha convertido en una profesora estupenda. Los alumnas la respetan (y ella a ellos), les hace interpretar hechos históricos en teatros improvisados, ha montado un taller de historia y se lleva a los alumn@s de merendola mientras ven museos o ruinas… Y aún así, suspenden unos cuantos. Y de los que apruebas, otros cuantos lo hacen porque al alumno le hacía falta un empujón, o porque por Historia no va a privar de hacer selectividad a alguien que quiere hacer Ingeniería. Unas veces me explica casos que entiendo y comparto; otras veces me parece que es demasiado buena y permisiva, pero ella insiste que es lo que les piden desde “arriba”. Hay muchas razones por las que la educación es un arte. En el caso de Rosa, hay que ser una artista para aguantar hierática 2 minutos a que los niños terminen su competición de eructos para poder dar tranquilamente los otros 53, logrando que apenas se le escuche decir: “Aquí te querría yo ver, Robin Williams.” 2007-08-15 00:14 | 16 Comentarios Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://gadesnoctem.blogalia.com//trackbacks/51532
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