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XABI Y LOS PETARDOS

Mi círculo de amistades y conocidos se amplió enormemente cuando llegué a 1º de BUP, a los 14 años. Además de los compañeros que habíamos estado juntos durante toda la etapa de primaria, al colegio llegaron numerosos estudiantes (¡y por primera vez chicas!) que provenían de otros centros. Uno de ellos era Xabi, un muchacho que vivía al final de mi misma calle y con el que solíamos volvernos andando a diario; es curioso cómo volver a casa andando era una forma de socialización a través de la que hicimos amistad con muchísima gente.

Xabi era un alumno modélico, muy correcto y siempre muy bien vestido. En invierno solía usar una especie de abrigo negro y alguien, con bastante acierto, apuntó que se parecía al protagonista de Expediente X, Fox Mulder, así que muchas veces lo llamábamos Fox o Agente Xabi, cosa que no parecía molestarle en absoluto, no sé si porque era un fan de la serie o simplemente porque se lo tomaba con buen humor.

Curiosamente, a pesar de sus buenas notas, Xabi se llevaba tan mal con su padre como todos los demás amigos de nuestro grupo. De hecho, la causa de los enfados era la misma: las notas. Lo divertido es que a nosotros nos echaban rapapolvos porque no aprobábamos o lo hacíamos a los pelos, y a él le echaban en cara que solo había sacado un notable en tal o cual asignatura; si aquel señor hubiese visto mis notas, posiblemente me habría enviado a galeras a remar. Estos roces hacían que Xabi fuera en ocasiones un poco rebelde, si bien más por cabrear al padre que por convicción propia. Por supuesto, eso solo lograba enfadar más a su progenitor, que veía los notables que sacaba su hijo como el primer paso hacia una vida de alcohol, mujeres licenciosas y crimen.

En una ocasión, Xabi apareció en clase con un petardo de aspecto realmente extraño. Creo que a ese tipo lo llamaban “hombre rana”, y tenía la peculiaridad de ser acuático, es decir, que si lo tirabas en una fuente o en la misma playa podía explotar sin problema alguno a pesar de haberse mojado. Era el último petardo que le quedaba, pues su padre había descubierto y confiscado todo el arsenal que guardaba escondido en una caja de zapatas, con el consecuente cabreo y castigo, por no decir el discurso interminable recordándole que con las pésimas notas que sacaba no iba a ser nadie en la vida. Al ser aquel su último petardo, quería utilizarlo junto a los amigos, y nos invitó a probarlo en el mismísimo colegio.

El mayor problema del colegio a la hora de usar un petardo acuático es que no tenía ni fuente, ni piscina. Cierto es que podíamos tirarlo como un petardo normal, pero aquello habría sido un desperdicio pirotécnico. Finalmente decidimos arrojarlo a un retrete, y allí fuimos un puñado de 6 o 7 chicos en la hora del recreo, prendimos el petardo y lo arrojamos. Pacientemente esperamos a que se cumplieran los 10 segundos que tardaba en explotar, e incluso fuimos haciendo una cuenta atrás que, en última instancia, creo que fue lo que llamó la atención de Raul Solano, nuestro profesor de Inglés. Nada más escucharle preguntar con tono desconfiado qué pasaba, Xabi agarró la cisterna y jaló con fuerza, intentando hacer desaparecer el petardo. Tuvo éxito, al menos en parte, porque el petardo desapareció, pero solo para explotar un par de segundos después con un ruido que retumbó de manera extraña y metálica.

Solano nos apartó y miró con horror el interior del retrete, que comenzaba a llenarse de un líquido pardusco que enseguida desbordó los límites de la taza y empezó a llenar el suelo. Un olor asqueroso subió hasta nuestras narices, e intentamos salir de allí no por miedo a un castigo (Solano nos conocía, así que daba igual que nos fuéramos corriendo) sino porque al respirar empezaba a darnos auténtica fatiga. Por suerte, el profesor recuperó la compostura pronto, cortó la llave del agua y evitó que aquel líquido turbio se propagase hacia los pasillos.

Xabi se portó como un héroe, al menos a nuestros ojos, pues enseguida confesó que el petardo era suyo, que él había tirado de la cisterna y, más importante todavía, dijo que nosotros le habíamos aconsejado que no lo tirase. El director se lo tragó o, quizás, le importaba un pimiento quién había sido con tal de que alguien pagara el fontanero. Por alguna extraña razón no le expulsaron ni un solo día de clases, eso sí, no volvimos a ver a Xabi fuera de casa hasta poco antes de que llegase el verano (y esto sucedió antes de las vacaciones de Navidad).

Todavía hoy, en las raras ocasiones en las que me lo encuentro, le pregunto si quiere que tiremos algún petardo. Se lo toma con el mismo buen humor que cuando le llamábamos Agente Xabi, y creo descubrir en sus ojos un brillo de nostalgia que me resulta totalmente incomprensible, aunque lo cierto es que yo también la experimento.


2012-10-13 12:01 | 2 Comentarios


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Comentarios

1
De: CorsarioHierro Fecha: 2012-10-14 01:39

Estooo...¿Como cerrando la llave de paso resolvió el problema? El petardo estropearía el desague no la cisterna...digo yo :)



2
De: Jose Joaquín Fecha: 2012-10-14 14:57

Pues tienes razón. La verdad es que no sé lo que hizo realmente porque ya habíamos salido del lavabo, pero de alguna manera aquella porquería dejó de salir.



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