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SEXO EN LA ADOLESCENCIA: LAS NOVIAS SIEMPRE LES OCURREN A OTROS

Si hace un par de días vimos la increíble formación sexual que recibimos en el colegio durante nuestros primeros años de adolescencia, hoy me gustaría compartir con vosotros las primeras historias de amor que vivimos durante los años de la secundaria, unos años en los que nuestro cuerpo permanecía unido no gracias a la piel, ni a los músculos ni los tendones, sino a las hormonas, que debían de conformar entre el 70% y el 80% de la sustancia de nuestro ser.

Durante la primaria (que en nuestro plan de estudios duraba hasta los 13 años), las historias de amor eran cosas que siempre les ocurrían a otros. Hay que recordar que nosotros fuimos el último curso exclusivamente de chicos, por lo que quien se sacaba novia era o porque conocía una pandilla de chicas de otro colegio (las niñas del colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Dios eran, por tradición y cercanía geográfica, las novias más comunes, y yo mismo tuve en mi último año de secundaria una pareja de aquel centro) o porque, de alguna manera, entablaba contacto con alguna compañera de algún curso inferior. Por supuesto, siempre había quien tenía una novia en el pueblo de los padres, entre las amigas de la hermana o en las clases particulares de matemáticas, pero a esas novias, más que en el corazón, se las llevaba en la imaginación.

Los romances eran cosas que vivían otros chicos que (pensaba yo) eran más adultos, más altos, más fuertes o más guapos que yo. Siempre eran chicos seguros de sí mismos, por lo general repetidores, una minoría en un inmenso mar de muchachos tímidos, insatisfechos con nuestros cuerpos alargados aún a medio desarrollarse y los pelillos incómodos que empezaban a intuirse donde algún día tendríamos bigotes, barbas y patillas; quienes llevábamos horrendas gafas elegidas por nuestros padres o aparatos metálicos en la boca teníamos, obviamente, aún más traumas que superar. De hecho, yo pensaba que ninguna chica se fijaría jamás en mí, aunque me consolaba escuchando las aventuras de quienes sí ligaban (los que lo hacían de verdad, quiero decir, no los que se inventaban romances remotos e inconfirmables).

Paco López, más conocido como Chulo-López (una de las pocas personas cuyo mote no era ofensivo), se convirtió en mi contacto con el mundo de las mujeres, no porque me presentase a ninguna chica, sino por contarme sus aventuras con Anabel. Si no conocéis a Anabel es obvio que no estuvisteis en el curso 93/94, pues nadie en su sano juicio habría podido olvidar a aquella chica alta que usaba pantalones ceñidos para hacer educación física, y cuyas idas y venidas a la asignatura de Educación Física eran seguidas con absoluta precisión por todas las clases que tenían la suerte de contar con una ventana encarada al gimnasio.

Chulo-López había hecho los deberes, logrando reunir bastante información sobre la muchacha: sabía que no tenía novio, que vivía cerca del colegio y que se quedaba en el comedor del colegio después de clases. Incluso logró establecer contacto, pues un par de veces consiguió ponerse frente a ella mientras comían y comentar un par de tonterías, haciéndola reír. Ahora solo faltaba lo más importante: perdirle salir.

Yo de relaciones sabía nada, o mejor dicho, menos que nada. Pero había leído un puñado de libros y sabía que existían dos formas de enamorar a una chica: la primera era un poco complicada, pues requería que la chica fuera reina de un mundo fantástico, que hubiese un ejército de malvados dispuestos a esclavizarla y que el apuesto seductor derrotase uno tras otros los peligros que le lanzaba el jefe de los villanos; la segunda era ir conociendo a la chica poco a poco. Cuando se lo comenté a Chulo-López, lo cierto es que él prefirió la primera opción, ya que había cierto pesado que siempre acompañaba a Anabel, y quizá dándole dos guantazos y un par de empujones lograría conquistar su amor; yo, que siempre fui más conservador para estas cosas, le insistí en que hablase con ella de cualquier tontería y la fuese conociendo poco a poco. ¿Pero de qué se podía hablar con una chica a la que no se conoce de nada? De lo único que se tiene en común: los profesores. La idea se me ocurrió a mí, pues cuando conocí a Chulo-López lo primero que le pregunté era cómo copiar con tal profesor y cómo evitar que cual profesora me revisara los cuadernos de clase.

Chulo-López, no sé por qué razón, me hizo caso y le fue bien. Logró hablar con la chica de forma regular, y el tema de los profesores fueron dejando paso al tema de la música, el cine, anécdotas personales y mucho más. Cuando Chulo-López veía que algo no iba bien, me lo comentaba: ¿Qué hacer si habla de un exnovio? ¿Y si su madre no la deja salir al cine con un chico? ¿Qué ocurre si las amigas se enfadan al ver que queda menos con ellas? Yo le iba respondiendo por puro sentido común (que por otro lado es el menos común de los sentidos), y lo cierto es que formábamos un gran equipo, salvo por el pequeño detalle de que cuando acabaron besándose yo tuve que conformarme con escuchar la historia.

Durante el curso, Chulo-López y Anabel se pelearon en numerosas ocasiones (generalmente porque él era un poco bruto, todo hay que decirlo), pero siempre logramos reconciliarnos. Y digo logramos porque, en más de una ocasión, aquella carta en la que se pedía perdón era prácticamente un dictado mío o aquella llamada de teléfono se hacía con un papelito en el que yo había apuntado las cosas principales que debía comentar. Una de aquellas notas, la recuerdo perfectamente, decía algo así como:


1- Pides perdón por meterte con su amiga.

2- Le dices que te enfadaste porque tenías miedo de perderla.

3- Le prometes que en ocasiones también saldrás con sus amigas.


Como podéis ver, aquello no requería un gran conocimiento de la psicología humana. La mitad de mis consejos se resumían en: “¡No seas tan bestia, tío!”, si bien los arreglaba un poquito para evitarme disgusto. Sin embargo, por mucho que arregles las cosas y muy fuerte que sea un amor adolescente, el ser más salvaje que un cabrero de las estepas acaba pasando factura, por lo que en verano rompieron y ya no hubo ni cartas, ni llamadas ni nada que valiese.


2012-10-02 23:59 | 3 Comentarios


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Comentarios

1
De: Paco Fecha: 2012-10-04 17:16

Yo tenía novia a los 13 año, pero no te pienses que hacía mucho. La mitad del tiempo estaba más interesado en ir a jugar al fútbol con mis amigos que en salir con ella. Cosas de la edad...



2
De: juan sepulveda p. Fecha: 2012-10-08 00:59

Saludos, Cyrano de Bergerac, yo solia escribir las cartas de amor, y aquellas para terminar una relación a la mayr parte de mis compañeros de curso allá por los 16 y 17 años y la verdad es que terminaba enamorandome un poco de muchachas que nunca ví mas alla de una fotografía, eso de leerme a G.A. Becquer pagaba bien, pues yo cobraba por las misivas (pago en cigarrillos y otros bienes útiles en un internado), un fuerte abrazo José Joaquin



3
De: Jose Joaquín Fecha: 2012-10-08 16:31

Sin duda, tú tuviste una mente más empresarial que la mía jajajaja.



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