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COMPAÑERO DE PUPITRE

La casualidad quiso que mi amigo Joaquín y yo acabásemos juntos en la misma clase estudiando nuestro segundo año de BUP (lo que hoy sería el cuarto año de ESO), y un profesor lumbreras cuyo nombre ya he olvidado decidió a mediados de curso que, si nos sentábamos juntos, yo sería una buena influencia para Joaquín, que sacaba suspensos a manojos. Por supuesto fue una decisión nefasta: yo nunca he sido buen estudiante (con la excepción de Historia, materia que aquel año no dábamos) y Joaquín no iba a atender más a los profesores teniendo un amigo con el que charlar a su lado. Muy por el contrario, nos pasábamos las clases charlando de rol, cómics y novelas, hasta el punto de que los compañeros de delante y las compañeras de detrás acabaron participando en nuestras conversaciones y enganchados a los cómics.

A pesar de que Joaquín no estudiaba ni un ápice más que antes, hay que reconocer que sus faltas de asistencia disminuyeron considerablemente. Orgulloso, el profesor me felicitó por la buena labor que había hecho ayudando a Joaquín a interesarse en las clases. Mi amigo obviamente no tenía el menor interés en las clases, simplemente había descubierto que se estaba más cómodo en el aula charlando conmigo y los pupitres adyacentes que deambulando por las calles de la ciudad sin nada que hacer a las 10 de la mañana.

Aunque pueda parecer que lo único que hacíamos era perder el tiempo (teoría que apoyan mis notas de aquel año, que fueron una auténtica carnicería), lo cierto es que aquel curso con Joaquín fue muy crucial para el camino que yo iba a tomar después. Como suele ocurrir a esa edad, me perdí todas las cosas importantes que enseñaban en las clases (esperemos que nunca tenga que calcular un coseno) pero, en su lugar, aprendí cosas muchos más relevantes.

En primer lugar, yo siempre andaba tremendamente preocupado por hacer las cosas como mis padres querían, incluso si eran cosas que odiaba (por ejemplo, los planes de mi padre para que yo estudiara Ciencias Empresariales), pero Joaquín tenía una actitud diferente ante la vida. No es que fuera un pasota, no me malinterpretéis, es simplemente que él tenía otras prioridades y no iba a dejar que nadie destrozara sus sueños. Algunos profesores, de hecho, llegaron a ser auténticos bullies con él, pero sabía esquivarlos y salirse con la suya, generalmente sin perder la sonrisa ni el buen humor.

En segundo lugar, hay que decir que yo era tremendamente tímido. Siempre pensaba que si hablaba con compañeros a los que no conocía demasiado me acabarían mandando a freír espárragos, incluso cuando lo que tenía que decir era importante. Sin embargo, Joaquín llegaba a sitios donde no conocía a nadie y a los cinco minutos ya se había hecho amigo de todo el mundo, lo cual era estupendo porque lo podías llevar a cualquier sitio, pues sabía que iba a encajar. Un día le pregunté cómo diablos lo hacía, y jamás olvidaré lo que me dijo: “No sé, simplemente no quiero quedarme solo, así que me pongo a hablar con la gente que veo, ya sabes, diciendo alguna chorrada, criticando a algún profesor que tengamos en común, lo que sea.” Me quedé de piedra, parecía tan siempre que hasta yo podía hacerlo.

Aquel año de segundo de BUP no empleé nada de lo que aprendí con Joaquín. Me pareció increíble y maravilloso todo aquello que hacía y me decía, pero no creía que yo fuera capaz de hacerlo, igual que puedes mirar son total asombro a un atleta ejecutar un ejercicio que parece facilísimo pero sabes que, si tú lo intentaras, acabarías en el suelo y lesionado. Sin embargo, con el tiempo empecé a afrontar las cosas con aquel mismo buen humor y optimismo que Joaquín siempre demostraba, no imitándole, simplemente demostrando yo también una confianza que hasta entonces no sabía que poseía, tomando decisiones que posiblemente no fueran las que mis padres hubiesen elegido, ahogando el miedo y charlando con la gente que me parecía interesante. Y sobre todo, no dejando que nada me hundiera. No fue algo de un día para otro, ni siquiera fue una decisión consciente que yo tomara, simplemente sucedió.

Algunos años después, en una reunión de antiguos alumnos a la que apenas asistieron conocidos, un profesor ya jubilado nos dio una pequeña charla que concluyó con la siguiente frase: “Lo que habéis aprendido entre las paredes de este colegio os servirá para siempre.” No sabía cuanta razón tenía.


2012-09-06 09:21 | 1 Comentarios


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Comentarios

1
De: Ludmir Fecha: 2012-09-07 20:57

Aquellos maravillosos años, y aquellas charlas siempre interrumpidas por las riñas de los profesores pero reanudadas justo cuando terminaban de hablar y se daban la vuelta...



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