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INVITANDO A ROSA

Rosa tenía, si no recuerdo mal, tres años menos que yo. El Cubano y yo la conocimos en las clases de teatro que daban en el colegio, y ya por aquel entonces tenía una modesta pero siempre creciente legión de seguidores, la mayoría de ellos estudiantes mayores que intentaban impresionarla con la moto que les había comprado papá o la promesa de un fin de semana en el chalet de la playa.

Aunque Rosa me parecía un encanto de chica, era el Cubano quien realmente estaba obsesionado con ella. Aunque en las clases de teatro solíamos hablar con ella, y de hecho era habitual que bromeásemos bastante y nos tuviesen que llamar la atención, lo que el Cubano quería era traerla a nuestro grupo. Sin embargo, Rosa era una chica modélica (o tal vez simplemente fuera demasiado joven) por lo que ni bebía ni fumaba ni salía de noche.

“¿Por qué no la invitamos a jugar una partida de rol alguna tarde?,” le sugerí en una ocasión al Cubano.

Mi amigo levantó la mirada como si hubiese propuesto prender fuego a una gasolinera, y me dijo muy serio: “¿Por qué íbamos a invitarla a jugar una partida de rol?”

“Pues... no sé... le gusta el teatro y el rol es cosa de interpretar... y si le gusta ya tienes excusa para verla...” dije cargado de inseguridad, sin saber muy bien si estaba diciendo una tontería muy grande. A fin de cuentas, varias chicas de nuestra pandilla nos habían dicho varias veces que querían venir a jugar.

“Ni rol, ni cómics. Ninguna cosa rara.”

El Cubano era así, sentía que su afición por los cómics, los videojuegos y las partidas de rol era algo muy vergonzoso que la humanidad (sobre todo las mujeres) no debía conocer jamás. Un par de años después, una novia llegaría a creer que mi amigo le estaba poniendo los cuernos a causa de sus misteriosas desapariciones... cuando la realidad era que el muchacho lo que hacía era escaparse como podía para venir a jugar sin decirle nada.

Pasó el tiempo, acabó el curso y el Cubano nunca se hizo una idea de cómo traer a Rosa. Cada cierto tiempo volvía a encontrármela, intercambiábamos saludos y poco más. La vida siguió, el Cubano tuvo nuevos amores y siguió “sin salir del armario de juegos”.

Hace tres o cuatro años, en Sevilla, me volví a cruzar con Rosa. Charlamos un rato, le conté esta misma historia, se hartó de reír y me dijo que probablemente habría venido a jugar. No dudo que era sincera; a fin de cuentas, estábamos charlando en un salón del cómic y ella iba vestida de Catwoman.

 

2012-07-25 10:03 | 1 Comentarios


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Comentarios

1
De: la cocinera políglota Fecha: 2012-07-25 20:02

¡Simpática coincidencia!

La última frase de tu entrada, genial ;-)



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