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LEALTAD EN LA PANDILLA

Cuando era adolescente siempre salía con mi pandilla de amigos. Daba igual que el plan para aquella noche me gustase mucho o poco, que tuviese un examen la semana siguiente o hubiesen pronosticado lluvia: sentía que mi deber era salir con mi grupo lo viernes y los sábados. De hecho, era algo que compartíamos casi todos los compañeros, pues creíamos que nuestros lazos de amistad eran mucho más fuertes que los que pudiésemos mantener con profesores, novias e incluso familiares. La traición más grande era desaparecer durante largos periodos de tiempo con una novia (existía la idea más o menos aceptada de que podías desaparecer uno de cada dos días sin resultar un vil traidor, aunque también era posible estar un rato con los amigos y luego irte a buscarla) o tener dos pandillas al mismo tiempo.

Para salir todos juntos y que nadie se quejase, lo más importante era tomar decisiones que no molestasen a nadie. Por ejemplo, si queríamos ir a comer a un chino pero a alguien en concreto no le gustaba, elegíamos otro lugar, tal vez el McDonald o una pizzeria, pero si alguien también ponía pegas se buscaba otro local; con el cine pasaba tres cuartos de lo mismo, y usualmente veíamos comedias tontorronas porque siempre había uno que no quería ver ciencia ficción o terror. En su momento esto nos parecía el culmen de la democracia, aunque según fui creciendo me percaté de que al final nunca veía la película que quería ni cenaba en el lugar que me apetecía. De hecho, algunos compañeros y yo empezamos a bromear con la idea de que nuestra pandilla (luego descubrimos que muchas otras también) era una especie de mente colmena que parecía querer obligarnos a que todos fuésemos iguales, aunque obviamente no lo éramos y teníamos gustos distintos.

A medida que empecé a hacer las cosas que me iban apeteciendo, algunos compañeros se sintieron heridos y traicionados. ¿Quién era yo para entrar solo a ver la película que quisiera en lugar de entrar con todos los demás? ¿Qué diablos me pasaba para irme a caminar por la orilla de la playa en lugar de quedarme jugando al rebuti durante varias horas seguidas sobre la arena? Obviamente, cuanto más me echaban en cara mi conducta díscola, menos ganas tenía de salir, pues a fin de cuentas uno sale con los amigos para pasar un buen rato y disfrutar, no para que te hagan un consejo de guerra.

De broma, una de las amigas del grupo se puso en el móvil la sinfonía “The Dark Riders” de El señor de los anillos y la hacía sonar cada vez que yo aparecía (eran tiempos medievales, por lo que la melodía parecía interpretada en un piano electrónico de dieciséis teclas, pero a nosotros nos sonaba tan bien como si el propio Howard Shore estuviese interpretándola); de hecho, aquel año me disfracé de Nazgul.

Con el tiempo conservé lazos con algunos amigos del grupo, pero con los demás fui perdiendo el contacto. De hecho, hay un puñado que todavía no me hablan. Mi amiga, aún hoy, lleva en el móvil “The Dark Riders” (una versión más moderna, obviamente) y la hace sonar cuando me ve.


2012-07-06 11:26 | 4 Comentarios


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Comentarios

1
De: Mirbos Fecha: 2012-07-06 13:18

El gran caso de los grupos secta. En mi juventud no había tenido ninguno de esos, hasta que con 19 conocí a un grupo asi, siempre al mismo bar y siempre al mismo sitio para cenar. Se iba a la peli que querían todos y si no había dinero o no tenían coche no se podía ir a ningún lado. Paradoja de Abilene que te crió.



2
De: Jose Joaquín Fecha: 2012-07-06 13:25

Curiosamente, uno de los nombres con el que hoy nos referimos a aquel grupo es "la secta".



3
De: Anónimo Fecha: 2012-07-06 15:30

Es que el que no ha tenido un grupo así, no ha salido nunca de su casa xD



4
De: Anónimo Fecha: 2012-07-09 11:44

Los hay que nunca nos dejamos llevar, e imponíamos nuestras opiniones al grupo sin dejar de ser igual de respetados o queridos que antes ;)



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