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LA PARTIDA QUE PERDÍ

Pepe quería ser novelista. De hecho, quería ser Stephen King, pero de momento se tenía que conformar con haber publicado un cuento de terror en la revista cultural de su pueblo, entre un poema a la patrona de la localidad y un ensayo sobre las rejas de metal del barrio histórico. Erróneamente había creído que si estudiaba Filología Hispánica iba a aprender el oficio de escritor, o tal vez tan solo imitaba a su escritor fetiche, pero el hecho era que llevaba un año sumergiéndose en poemas medievales, análisis del contexto y biografías de corte hagiográfico que no le enseñaron demasiado sobre cómo juntar palabras, o al menos no de la manera que él quería.

A pesar de este truncado comienzo, Pepe era relativamente feliz estudiando Filología, no porque le estuviera cogiendo el gustillo a las clases, sino porque sus padres le estaban pagando un piso en la capital y, por primera vez en toda su vida, se sentía realmente libre. Por supuesto, la libertad tenía un precio: la mitad de los días almorzaba pasta, las condiciones higiénicas del piso eran alarmantes (aunque, creedme, aquel no era ni de lejos el piso de estudiantes más sucio que haya visto) y los desayunos consistían en delicias culinarias como bollería industrial o pizza recalentada. Así y todo, Pepe sentía que había ganado con su independencia.

Sería injusto si no dijera que, a pesar de la obvia culpa de Pepe, las condiciones de vida en aquel piso eran culpa de cuatro personas más. Como tantos otros estudiantes, Pepe compartía piso en una vivienda del casco antiguo que había visto días e incluso siglos mejores; todos compartían una idea de la limpieza y la gastronomía muy similar. También es verdad que muchas de las personas que vivieron en aquel piso no tenían intención de quedarse mucho tiempo, los unos porque vieron que la universidad no era para ellos (unas veces por las malas notas, otras porque echaban de menos su casa), los otros porque querían pisos más modernos o cercanos a la universidad, y se marchaban en cuanto encontraban una buena oferta. De hecho, el único compañero fijo que Pepe a lo largo de aquel primer año fue Juan, un chico que hacía algo relacionado con Educación Física y cuyas dos únicas aficiones conocidas eran jugar partidos de fútbol sala y ligar en discotecas, posiblemente por ese orden. Los demás compañeros de piso eran una legión de rostros que aparecían y desaparecían sin aviso, en ocasiones dejando un buen recuerdo, en ocasiones dejándote con las ganas de lanzarlos por el balcón.

Pepe era la única persona de mi grupo de la facultad con piso propio, si bien compartido, por lo que su casa se convirtió en una especie de club social por el que solíamos pasar casi todos los amigos cuando teníamos una hora libre o no sabíamos qué hacer los domingos. La televisión y la Play Station siempre estaban listas para nosotros, y si llevabas refrescos o pizza prácticamente te hacían inquilino honorario. Yo solía pasarme los domingos por la mañana, cuando los visitantes habituales aún dormían tras la fiesta de la noche anterior, generalmente acompañado de un buen papelón de churros y una botella de batido de chocolate. Era la mejor hora para jugar a la consola, puesto que no había nadie peleando por coger los mandos.

Aquel domingo, mientras Pepe se duchaba y yo jugaba a un juego de espadachines que me encantaba (soy incapaz de recordar el nombre, pero era una especie de torneo medieval con luchadores de todo el mundo... yo siempre me cogía a un tipo con dos nunchakus), la puerta de una de las habitaciones se abrió y escuché una voz ronca de mujer que daba los buenos días. Al mirar, vi a una muchacha de mi edad (por aquel entonces aún no había cumplido los 20), con el pelo hecho una auténtica maraña, vestida con unos vaqueros y una elegante blusa que chocaba con el tono cutre y desangelado de la casa, mostrando unas ojeras que delataban que se había acostado demasiado tarde y había dormido muy poco. Se sentó a mi lado en el sofá, con la mirada fija en el papelón de churros, y tuvo que comerse unos cuantos antes de poder volver a hablar.

Mientras comía, miraba la pantalla del televisor como hipnotizada. Le pregunté si quería que quitase el videojuego o le bajase el volumen, cayendo en la cuenta de que posiblemente hubiesen sido los ruidos del juego lo que la hubiesen despertado, pero ello dijo que estaba bien.

Una vez se hubo despertado del todo, agarró el otro mando y le dio a star. Íbamos a jugar un doble, uno contra otro. Me sonreí pensando en la mala suerte que tenía la muchacha, que se había despertado y ahora se iba a llevar la mayor paliza de la historia de los videojuegos, porque no es por nada, pero el que aquí escribe tiene un don natural para los juegos de pelea, incluso para aquellos que no ha jugado en su vida.

No sé si la chica tenía alguna experiencia, o si también poseía algún don natural, pero me dio una paliza. No la mayor paliza de mi vida, ni mucho menos, pero sí una de las más recordadas por la cara de desgana que ponía mientras jugaba; era como si no se esforzarse, como si simplemente pulsase los botones al azar y el resultado fuera mi absoluta derrota. Jugamos tres partidas, ella siempre eligiendo personajes diferentes, pero no hubo caso, era como si leyera mis pensamientos y bloquease mis golpes justo antes de que los efectuara.

Fue una derrota extraña porque, en aquellos tiempos, las mujeres no solían jugar videojuegos. O tal vez los jugaban, sí, pero no de lucha. Aquella chica era una excepción, tal vez la primera de una nueva raza de jugadoras de videojuegos dispuesta a machacar el culo de todos los que creíamos que jugábamos bien por la única razón de mear de pie. Pero para ella no pareció ser motivo de alegría, simplemente se despidió, agarró un bolso que había tirado sobre otro sofá y se marchó.

Cuando Pepe volvió de la ducha, le pregunté quién era la chica. Me miró con cara de extrañado, como si le estuviese preguntando una locura. Cuando le dí más señas, simplemente se encogió de brazos y me dijo que ahora mismo no vivían chicas en el piso, lo mismo era un ligue de Juan o de algún otro compañero.

Nunca supe quién había sido aquella misteriosa chica que me había derrotado.


2012-04-07 12:31 | 4 Comentarios


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Comentarios

1
De: Anónimo Fecha: 2012-04-07 20:27

Esta claro, hombre. Era un tio operado.



2
De: hielario Fecha: 2012-04-07 22:23

¿El juego no sería uno de los soulcalibur por casualidad?



3
De: Jose Joaquín Fecha: 2012-04-08 07:55

Puede ser... ¿el enemigo final era una especie de pirata enorme?



4
De: El Sangre Fecha: 2012-04-08 16:38

Sin lugar a dudas era el Soul Calibur de PSX.



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