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MI AMIGO JUAN PRAGA

Juan Praga era odioso. De hecho, cuando lo veo por la calle, aún me parece más odioso que cuando éramos compañeros de clase. Sigue manteniendo esa sonrisa de ser superior, vistiendo como un señorito andaluz y luciendo esas horrendas patillas, aunque una calva enorme se va apropiando de su cabeza, y me encanta ver sus pobres intentos de esconderla tras los largos mechones de cabello que se deja crecer.

¿Pero quién era Juan Praga y por qué lo odiaba y aún odio? Juan Praga fue durante tres meses mi compañero de pupitre cuando yo tenía, creo, trece años. Él era repetidor y tenía un aire de superioridad que más le hacía parecer un superdotado rodeado de torpes. Solía sacar una revista de surf durante las clases y se dedicaba a leerla, y a molestarme para que mirase tal o cual fotografía, incluso para que leyese algún artículo completo (por suerte, al menos en aquellos años, los artículos de las revistas de surf estaban pensados para gente con la atención de un cocotero, por lo que eran breves, sencillos y generalmente impactantes). Ni que decir tiene que es muy difícil enterarte de cómo se hace un análisis sintáctico cuando te están pasando una revista por la cara cada dos por tres, pero al comentárselo a Juan, él simplemente me decía: “Bueno, eso es porque tú eres muy torpe, porque yo todo esto ya me lo sé del año pasado.” Ni que decir tiene que si supiera tanto del año pasado no estaría repitiendo, pero claro, eso no había narices de decírselo a la cara.

Juan Praga era, perdonen que no lo haya mencionado todavía, un matonzuelo. No era grande ni especialmente fuerte, pero una vez lo había visto en una pelea y parecía un gato acorralado: saltó sobre su contrincante y, a la par que le mordía la oreja, le agarraba la entrepierna y apretaba con todas sus fuerzas. Ni que decir tiene que no tenía demasiadas ganas de despertar su ira, así que le dejaba hacer.

En una ocasión me acerqué a nuestro tutor, en privado, para comentarle mi problema.

“¿Pero te ha pegado?”, me preguntó muy preocupado.

“No, pegarme no me ha pegado.”

“¿Pero te insulta, te escupe o te insinúa cosas raras?”, me volvió a preguntar con cierto aura de misterio, tanto que a día de hoy todavía no me ha quedado del todo claro qué eran esas cosas raras que me podía haber insinuado.

No no, si ese no es el problema...”

Pues entonces es que quiere ser tu amigo. Mira, yo que tú era su amigo, sin hacer ruido en clase, se entiende, pero así seguro que él mejora sus notas y tú ya no estás tan solo.”

Ea, con dos cojones, mi tutor me acababa de llamar marginado social. O a lo mejor se refería a que yo no debía de perder la esperanza de que me insinuara cosas roras, vayan ustedes a saber.

La relación con Juan llegó a su momento más complicado el día de la evaluación de Química. El profesor, un hombre muy serio y muy grande que, según se rumoreaba, levantaba pesas en su tiempo libre y había sido boxeador antes que profesor, nos hacía separar las mesas, hacer el examen y luego pasarlo al compañero de nuestra izquierda, que se convertía en nuestro corrector. El profesor resolvía el examen en la pizarra al mismo tiempo que lo explicaba, y puesto que corregíamos fórmulas químicas, las notas eran bastante sencilla de poner: o un ejercicio estaba bien, o un ejercicio estaba mal.

Jose, un 10”, me dijo Juan por lo bajo mientras me pasaba su examen, que estaba totalmente en blanco, y yo lo miré sin entender muy bien qué quería decirme, así que me repitió: “Que me rellenes los ejercicios y me pongas un 10.”

¡Pero si la vez anterior sacaste un 0!”, dije intentando controlar mi tono de voz.

Por eso mismo me tienes que poner un 10, para que apruebe”, y viendo que dudaba, no dudó en levantar un puño y decirme: “O me lo pones de amigo o me lo pones con tu sangre.” Y oigan, qué quieren que les diga, a mí se me pasó por delante la escena aquella de la pelea, el mordisco en la oreja y el agarrón de entrepierna y decidí que ponerle la máxima nota era el mal menor. Grave error.

No sé si lo sabéis, pero en contra de lo que suele pensarse, los profesores no son idiotas. Al menos, no son idiotas del todo. Cierto es que el profesor no reconoció mi letra, pues nunca la había visto, pero le pareció raro que alguien que sacara un 0 pudiera sacar un mes después un 10. En lugar de enfadarse, acusar o maldecir, simplemente se levantó y pidió un fuerte aplauso para Juan, que había pasado de ser el peor alumno de la clase a ser unos de los mejores.

Mientras aplaudíamos, el profesor borró de la pizarra la resolución del examen, invitó a Juan a salir al estrado y dijo con una gran sonrisa en los labios: “Demuéstranos cómo lo has hecho.”

Juan se puso blanco. Yo me puse amarillo.

Al ver que no lo resolvía, que de hecho no sabía ni cómo se escribía la fórmula del agua, el profesor se se puso rojo y agarrando a Juan de la nuca, lo levantó con una sola mano y le pegó la frente contra la pizarra con un sonoro golpe. Yo creí que le había partido el cráneo, y el profesor estaba tan enfurecido en ese momento que no le habría importado partirle la cabeza a su alumno, aunque se calmó, lo dejó en el suelo, me señaló con el dedo y me dijo: “Tú te vienes conmigo.”

Y ahí estaba yo. El tutor y el profesor mirándome con cara de decepción, y yo sin saber qué decir.

Jose, con lo bueno que tú eres, ¿cómo has podido hacer una cosa tan fea?”, me dijo el tutor, porque yo siempre he sido descrito como un alumno muy formal, tal vez porque me abstraía en clase pensando en mis cosas y no hablaba. “Por esta vez no pasará nada, pero como vuelva a suceder algo así vas a tener problemas serios.”

Pero yo sabía que esto iba a volver a pasar, porque Juan Praga no era especialmente inteligente ni astuto, y si no era por una cosa sería por otra, pero me acabaría liando con otro de sus planes absurdos para aprobar. Así que, de repente, abrí la boca sin saber muy bien qué decir y, cuando quise darme cuenta, ya estaba terminando mi explicación: “Es que Juan es muy amigo mío, y no quiero que se enfade conmigo porque le suspenda.”

El profesor hizo una larga argumentación sobre la moral, la ética y otras muchas virtudes morales que no me iban a servir de nada si Juan me pedía que le rellenara otro examen. Así que yo me mantuve en mis trece y le dije: “¡Es que es mi amigo! ¿No me dijeron que era bueno que nos hiciéramos amigos? ¡Los amigos se ayudan!”

Y el pobre director, que era más predecible que un reloj de cuco, me dijo: “Sí, pero creo que estáis demasiado tiempo juntos. Lo mejor será que os separemos.”

Curiosamente la estratagema no salió bien, sino muy bien. Juan se creyó que el cambio de sitio era un castigo que me hacían por no haber querido delatarle, así que no tuve problemas con él. Mi tutor no sólo no comentó nada de lo sucedido a mis padres, sino que alabó mi sentido de la amistad. Y yo, más feliz que nadie, me pude dedicar a seguir pensando en mis cosas mientras los profesores explicaban sus aburridas asignaturas.


2011-12-06 09:58 | 3 Comentarios


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Comentarios

1
De: raquel tu compi de universidad Fecha: 2011-12-06 11:37

Me encantas cuando escribes, me siento orgullosa de haber sido compañera tuya , espero seas feliz y continua igual... Un saludo



2
De: Santón Fecha: 2011-12-06 12:18

Era el día a día de San Felipe.



3
De: Jose Joaquín Fecha: 2011-12-06 20:56

¡Un beso, Raquel! Y acuérdate de tus compañeros cuando seas rica jajaja.



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