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CUANDO CONOCÍ A GIMÉNEZ

Cuando tenía 16 años, Rafa Marín comenzó a dejarme cómics. Al principio me dejaba historias de superhéroes, usualmente etapas de los años 70 y 80 que hacía años que eran imposibles de encontrar, como los primeros años de los X-Men de Claremont, los 4 Fantásticos de Byrne, los Vengadores de Shooter y otras muchas historietas. Sin embargo, poco después de cumplir los 17, me dijo que ya no me iba a dejar más historietas de superhéroes, y en su lugar comenzó a prestarme tiras de prensa como los Flash Godon de Raymond y Barry, el Príncipe Valiente de Foster, The Phantom de Falk, Tarzán de Manning, Johnny Hazard de Robbins y quizás algún título más que, por mala memoria, ahora no soy capaz de recordar. Al cumplir los 18, Rafa se negó a dejarme más tiras de prensa y me dio unos tebeos algo viejos, con olor a humedad, que se llamaban Paracuellos; los escribía y dibujaba un tipo llamado Carlos Giménez.

En aquel entonces ya había comenzado a estudiar la carrera de Historia, y por lo general teníamos que leernos unos manuales enormes y aburridos, llenos de estadísticas y estudios del territorio que no nos decían nada sobre el pasado. Sabía al dedillo la economía romana, sus dioses y sus días festivos, los cargos públicos republicanos y lo imperiales, pero no tenía ni idea de qué bebía un romano para combatir la sed o qué clases de dulce tomaban al postre, si acaso existían la costumbre del postre o el gusto por los dulces en aquella cultura. Paracuellos fue lo que siempre había querido leer: era una ventana que me permitía no saber mucho sobre el pasado, sino ver el pasado a través de los ojos de uno de sus protagonistas.

En poco tiempo también leí Barrio, Los Profesionales, Hom, y la antología de historietas España... una, grande y libre. Junto a aquellos cómics, Rafa me suministró algunas entrevistas a Giménez y algunas fotos (estábamos en los últimos años 90 pero las fotos eran de mediados de los 80), además de algunas historietas cortas como “Miserere”.

Para mí, y creo que también para Rafa, Giménez era como un director de Hollywood o como un escritor extranjero de bestsellers, es decir, una figura casi mítica, cuya obra conocía y había disfrutado enormemente, pero al que nunca vería en persona. Dar las gracias en persona a Giménez por hacer aquellos tebeos era tan impensable como felicitar a Sean Young por su papel en Blade Runner, a Chris Claremont por sus guiones de los X-Men o a Stephen King por Salem Lot.

El tiempo pasó. Rafa me dejó otros tebeos y novelas, aunque yo también fui descubriendo por mí mismo otras muchas historietas y libros. Carlos Giménez seguía siendo un mito, lejano e irreal su figura, cercana y presente su obra. Y entonces, hace dos años, Rafa me llamó: “¡Giménez viene a Cádiz!”

Allí lo conocí, a la vez que Rafa, y por azares y casualidades acabamos en un bar tomando copas, charlando de tebeos y novelas, como si nos conociéramos de siempre. Aún recuerdo cómo me sorprendió su humanidad, el cariño con el que recordaba las aventuras de Iranzo que leyó de niño, y con cuyo trazo aún disfrutaba (aunque sabía que no era ni el mejor dibujante de su país, mucho menos del mundo), el placer con el que hablaba sobre su profesión de dibujante...

Volver a verlo estos dos días ha sido un placer. De hecho, no sé si Rafa tendrá la misma sensación, pero a mí me parecía como si nada más vernos retomásemos una charla que hubiésemos dejado inacabada hacía apenas dos minutos, aunque ya habían transcurrido dos años completos.

Conocer a un autor que idolatras es, qué duda cabe, un placer. Pero ver que le gustan las mismas cosas que a ti, que se emociona con las mismas películas y se compra los mismos libros, que está dispuesto a contarte mil historias pero también quiere escuchar las tuyas... eso es una maravilla. Vas a conocer a una estrella, pero con lo que te encuentras es con un amigo.


2011-07-02 01:12 | 0 Comentarios


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