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ORÍGENES DEL MUNDO ISLÁMICO MEDITERRÁNEO 3: CAMINO HACIA LA INDEPENDENCIA

Durante la semana pasada hicimos un repaso a la pérdida de poder del Imperio Otomano en las costas del Mediterráneo y vimos cómo las potencias europeas, principalmente Reino Unido y Francia, pero también Italia y España, ocupaban el vacío dejado por el exhausto imperio, que pasaron a ser colonias. Hoy vamos a ver cómo los países del Norte de África y Oriente Próximo lograron sacudirse del yugo europeo, si bien la independencia no siempre sería como se esperaba.

Antes que nada, tenemos que recordar que el colonialismo no fue, en ningún momento, una acción caritativa ni desinteresada por parte de las potencias europeas, por más que en su momento se vendiesen las conquistas como una forma de llevar la luz de la civilización a regiones atrasadas del mundo que aún vivían en una edad oscura. ¿Quién se oponía al colonialismo? Es una buena pregunta, puesto que los discursos de los países independizados tienden a hacer creer que todos los europeos apoyaban el colonialismo y todos los indígenas deseaban la independencia. Sin embargo, la realidad es bien distinta: en los países europeos, los grupos socialistas y anarquistas (que por entonces representaban a inmensos sectores de la población) solían ser contrarios a las políticas imperialistas, mientras que en los países colonizados había grupos dirigentes indígenas que habían sido favorecidos por los colonizadores, que en no pocas ocasiones habían estudiado en universidades europeas, y que en general apoyaban los lazos con la metrópolis.

Obviamente, el deseo de independencia no apareció de la noche a la mañana. En un primer momento, el poder económico, militar y cultural de las potencias llevó a grandes sectores de las poblaciones indígenas a pensar que era imposible cambiar la situación, e incluso las élites descontentas consideraban que la única forma de combatir al sistema era luchar desde dentro de él. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue el momento crítico en el que Europa perdió su aureola: la fuerte dependencia económica que las potencias tenían de sus colonias, la brutalidad y sinsentido del conflicto, la necesidad de participación de fuerzas coloniales mezclada con una relajación del control de las colonias (en ocasiones por motivos políticos, en ocasiones simplemente porque había asuntos más importantes) y, sobre todo, el hecho de que cuatro de los seis imperios que luchaban se hundieron y desintegraron (el alemán, austríaco, el otomano y el ruso) ayudó a redefinir la visión que los colonizados tenían de sus colonizadores.

Tras la Primera Guerra Mundial nos encontramos las primeras revueltas contra los imperios coloniales. En Siria, los intentos de independencia llegaron a su fin tras la batalla de Maysalun (1920), cuando Francia tomó las riendas del país, mostrando que no había demasiadas diferencias entre un “mandato” y una “colonia”. Mucho menos desarrollada que Francia, España tuvo serios problemas para controlar el Rif (norte de Marruecos) y entre 1921 y 1927 se luchó una salvaje guerra colonial entre Abd el-Krim y las fuerzas coloniales españolas, que sólo comenzaron a recuperar terreno tras la intervención francesa (que veía peligrar su propia posición en Marruecos) y el desembarco de Alhucemas (1925). Los primeros conatos de resistencia habían sido controlados por las armas, pero las economías de Francia y España habían requerido un costoso esfuerzo (por no hablar de la reticencia de la población a ser reclutada y luchar), que difícilmente podría repetirse si las revueltas se extendiesen en el tiempo o a otras colonias.

Aunque Reino Unido también se enfrentó a problemas similares, los gobernantes británicos mostraron una astucia mayor que sus vecinos europeos y, temiendo los problemas que acarrearían largas guerras coloniales, aceptaron perder el control directo de algunos enclaves a cambio de conservar una importante presencia militar y prerrogativas económicas. Así, tras la fuerte resistencia de Egipto, la independencia fue concedida en 1922. Sin embargo, el poder quedaba en manos de las mismas élites que habían apoyado la colonización, por lo que los lazos coloniales fueron sustituidos por otros nuevos, un neocolonialismo que liberaba al país del control directo pero que lo ligaba a la antigua metrópolis a causa de las bases militares y la dependencia económica. Económicamente, esta solución fue mucho más rentable que las respuestas militares adoptadas por Francia y España.

La segunda ola de independencias llegó a causa de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Aunque tradicionalmente se muestra a Reino Unido como una potencia a la defensiva, lo cierto es que en el Norte de África y Oriente Próximo las fuerzas británicas se batieron con bastante dignidad, no tanto por su equipo o número de tropas como por el conocimiento del terreno. En 1941 Reino Unido se hizo con el control del Líbano y Siria (que pertenecían a Francia, gobernada por una dictadura pro alemana) y en 1943 con Libia (que era una posesión italiana). Líbano y Siria consiguieron la independencia poco después, para disgusto tanto de la Francia pro alemana como de la Francia Libre; Libia y fue gobernada por los británicos unos cuantos años, que prepararon con cuidado un gobierno monárquico pro británico al que dejaron al frente del país en 1951. Nuevamente, cuando la situación lo permitía, los británicos controlaban de forma indirecta los nuevos países.

La tercera ola de independencias vendría pocos años después de acabada la Segunda Guerra Mundial. Era muy complicado mantener el discurso colonial y, al mismo tiempo, defender los valores democráticos, por lo que la presión interna e internacional (tanto los EE UU como la URSS eran hostiles a la existencia de imperios coloniales europeos) hizo muy difícil ganar apoyos para la causa de las metrópolis. Además, las primeras independencias habían encendido una mecha que ya no se podía apagar, y que los países vecinos querían imitar. El Marruecos francés, el Marruecos español y el Túnez francés lograron la independencia en 1956, tras cierto malestar en la zona, aunque la auténtica razón de las independencias fue la imposibilidad de Francia de luchar en muchos frentes al mismo tiempo: En Argelia, el Frente de Liberación Nacional había comenzado la lucha armada en 1954, mientras que en Idochina ese mismo año marcó la decisiva derrota francesa en la batalla de Dien Bien Phu, que condujo a un compromiso de abandonar completamente la zona en 1957.

Argelia fue un caso muy particular. Era la colonia europea más antigua del Norte de África (de hecho, sobre el papel era una provincia más de Francia), y poseía una numerosa población francesa, por lo que el gobierno de la Cuarta República Francesa combatió la revuelta con todas las armas a su alcance, entre ellas el empleo de torturas, lo que creó una gran conmoción cuando se supo de dichas prácticas. No obstante, a pesar de la fuerte presión internacional e interna, hay que reconocer que el ejército francés controlaba la situación y no había sufrido ninguna derrota de importancia, a diferencia de lo ocurrido en Indochina. Por lo tanto, no es sorprendente que los sectores más derechistas del ejército se sintieran traicionados cuando el gobierno francés habló en 1958 de conceder la independencia a los argelinos. La reacción de estos militares fue sorprendente: dirigidos por el general Massu, las fuerzas armadas se hicieron con el control de Argelia y amenazaron con avanzar hacia París; en su momento de máxima tensión, De Gaulle se presentó ante el parlamento y se le ofreció la presidencia y la posibilidad de rehacer la constitución, dando lugar a la Quinta República Francesa (la actual), que no obstante cedió el control sobre Argelia en 1962. Era la última colonia europea en el Mediterráneo.

En resumidas cuentas, lo que hemos visto es una crisis del imperialismo europeo que comenzó con la Primera Guerra Mundial, se agravó con la Segunda Guerra Mundial, y se hizo insostenible en el mundo que sucedió a la caída de los fascismos. El país que mejor supo gestionar esta crisis fue Reino Unido, que antepuso sus intereses estratégicos y económicos a cualquier otro, mientras que Francia (y en menor medida España) optó por la respuesta militar, que podía funcionar en un escenario reducido, pero que fue insostenible cuando Francia tuvo que luchar en el Norte de África y en Indochina. Francia adoptó el modelo británico tardíamente, y sólo para intentar salvar la joya de su corona, Argelia, que se consideraba suelo francés debido a la gran cantidad de franceses que habitaban el país. En última instancia, Argelia también tuvo que ser abandonada, aunque antes de que eso ocurriera Francia estuvo al borde de la guerra civil y aceptó una nueva constitución e independencia bajo la amenaza de la misma.

Sin embargo, los nuevos países mantuvieron en ocasiones fuertes lazos con las antiguas metrópolis. Estos lazos iban a crear serios problemas a causa de la creación de un nuevo país, Israel (1948), que iba a dar como resultado varias guerras y a condicionar de forma decisiva la evolución política de la mayoría de los países musulmanes del Mediterráneo. Del nacimiento de este país y sus consecuencias hablaremos dentro de unos días.


2011-03-08 13:49 | 0 Comentarios


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