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JUGANDO A VICTORIA

“¿A ti no te gustaba eso de la Historia?”

La pregunta me la hacía Antonio, un amigo informático que se gastaba auténticas fortunas en videojuegos; daba igual el público, la historia o el país de origen del un juego, que si Antonio se enamoraba del mismo, lo tenía que jugar. Y mientras me lo preguntaba, sostenía en su mano un juego, Victoria: Un imperio bajo el sol.

La primera vez que lo jugué pensé, simple y llanamente, que aquello había sido diseñado por un loco: la complejidad del juego era enorme. Ideado para simular la política interna de un país (¡cualquier país!) entre el siglo XIX y principios del XX, la complejidad de la economía, las reformas políticas, la guerra y la diplomacia convertían el juego en un simulador de primer orden, si bien obligaba a horas de juego.

Tras arrinconarlo en un armario, la curiosidad me hizo recuperarlo un par de meses después, y a partir de ese momento comenzó una hermosa historia de amor. Complejo como el interior de un reloj, Victoria estaba hecho por auténticos amantes de la Historia, con tal cantidad de hechos históricos y posibilidades de crear ucronías que ofrecía infinitas posibilidades y el placer, hasta entonces nunca antes experimentado, de estar jugando un simulador histórico MUY bueno.

Se quejaba una vez un economista de que la economía no era como en Victoria. Tenía razón, pero tampoco lo es en el Civilization, ni en ningún juego de estrategia, de mesa u ordenador que haya conocido. Los juegos buscan simular de forma práctica cosas muy complejas, y en el caso de este juego la economía es realmente complejísima, difícil de manejar sin dudas, ¿pero acaso no lo es aún para los economistas de hoy día? ¿Nos hemos librado de las crisis económicas? Obviamente no. Y esa es la gran habilidad de este juego, no el poder controlar todos los aspectos de un país, sino el intentar (con muchas limitaciones) sobrevivir a las intrigas internacionales, los mercados mundiales y los problemas internos. Jugando con una superpotencia es complicado, pero con un país atrasado (la China de la época, por ejemplo) es una auténtica odisea.

Una de las cosas que me gustan es justamente que no hay concesiones: los peces grandes se comen a los chicos. Es el imperialismo mostrado tal y como fue, en todo su horror, como descubre quien juega con un país africano.

Ahora han sacado una segunda parte que ando loco por jugar. Obviamente es un juego que tiene defectos y huecos, pero el realismo que aporta nunca antes había sido obtenido. Requiere una gran dedicación, sin duda, pero al mismo tiempo ofrece cientos de partidas distintas. Yo lo he jugado durante cerca de cinco años, y sólo voy a dejarlo aparcado para empezar a jugar a su secuela.

2010-12-25 17:06 | 0 Comentarios


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