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LA AMANTE 3: LA LARGA NOCHE

ruso blancoKike vive en una calle un poco señorial, en uno de esos bloques que tienen dos pequeños jardincitos, uno a la entrada y otro en el patio interior. A diferencia de mi barrio, donde los negocios más destacables son “Alimentación Pepe”, “Ultramarinos Loren” y las mercancías del Macuto, en la calle de Kike hay un par de negocios de ropa, otro de regalos, una academia de idiomas, un banco y un bar de copas, pero uno de verdad, no un bache camuflado. Por supuesto, Kike niega vivir en un barrio pijo, y se escuda en que hay un videoclub y un banco público roto donde a veces duerme un mendigo para decir que él vive en una zona chunga. Los cojones, ahora va a resultar que mi amigo vive en las Tres Mil Viviendas.

Desde la ventana de la cocina de Kike se puede ver perfectamente la puerta del bar de copas (también el videoclub, aunque para eso debes de estirar un poco el cuello), y hace un par de años, aprovechando que nos quedamos a dormir en casa de nuestro amigo, preparamos globos de agua y los lanzamos contra los que salían del bar. Uno incluso se puso a gritar que nos había visto y que sabía quienes éramos, lo cuál sería realmente sorprendente teniendo en cuenta que aquel pobre hombre empapado apenas podía dar dos pasos seguidos sin perder el equilibrio. No obstante, aunque Kike lo niega, él se cagó completamente y no volvimos a tirar globos desde su ventana.

La cosa es que ese es el bar de copas donde Kike ha visto al Solano con una chica que, indudablemente, no puede ser su esposa. Dicen que todos los criminales vuelven al lugar del crimen, así que ya se pueden imaginar cuál es nuestra misión: espiar desde la ventana, sacar fotos de todo lo que resulte sospechoso, y luego olvidarnos del inglés por el resto de nuestros días... o hasta que nos toque otro profesor.

Como los padres de Kike se van a Roche casi todos los fines de semana, nos ha invitado a que nos quedemos a dormir en su casa. Al principio queremos ir todos, pero eso es imposible: ¿dónde nos vamos a quedar una docena de personas? Además, los padres no tienen ni idea de que vamos a quedarnos en su casa, y de hecho les daría un ataque si supiesen que Kike nos ha dejado entrar... por alguna extraña razón nos miran con desconfianza. Prejuicios de clase, sin duda alguna.

Al final Kike invita a Richi, que es el que tuvo la idea del espionaje, y a mí. Creo que yo voy simplemente porque soy más modosito que los demás, y aunque participo en todas las locuras que se nos ocurren, nunca he sugerido ninguna.

Allí estamos, casa deslumbrante y un poquito rococó. Hay tres baños, “aunque sólo dos con ducha”, nos recuerda Kike, supongo que para dejar ver que la suya es una chavola proletaria como otra cualquiera. Llevamos tres sillas cómodas a la cocina, dejamos encendida una luz poco potente, y nos ponemos a esperar: las dos primeras horas son bastante fructíferas, puesto que aparece Solano (¡esa forma de andar es inconfundible!), y además aparece acompañado de otro tipo, digo yo que un amigo.

“Este se lía hoy hasta con la de la limpieza, que te lo digo yo,” exclama Richi, lleno de orgullo al ver que su plan funciona. Y sí, el plan funciona, pero de aquella manera... porque veamos, Solano ha entrado a eso de las 12 de la noche, pero ahora hay que esperar a que salga. Y la primera media hora de espera casi no nos importa, pero a eso de la 1 a mí se me caen los ojos: no es sólo que sea dormilón, es simplemente que estamos sentados sin hacer nada interesante.

“¿Cómo lo hacen en las películas?” pregunto a mis amigos, porque menudos son los polis de la gran pantalla, que se sientan tan panchos a esperar horas y más horas, y ni siquiera se van al baño.

“¡Café!” exclama en ese momento Richi, espabilando al pobre Kike, que empezaba a dar una cabezada. “¡Lo que necesitamos es café!”

Kike bosteza notoriamente, como para echarnos en cara que de haber guardado silencio ahora estaría felizmente dormido, y luego niega con la cabeza: “Pues en mi casa no hay café. Vamos, que mi madre no quiere que haya café, que dice que luego no dormimos y no rendimos lo que debemos.”

“Pues Coca-Cola,” comento yo, señalando a la nevera y pensando lo bien que me va a venir un refresco rebosante de azúcar.

“Uy, Coca-Cola menos, que además de cafeína tiene gas. Lo que hay es leche. Por el calcio, claro.”

Cágate con Lady Nutricionista... ¡pero si el niño te ha salido bajito y con tripota! ¡Señora, que eso son los genes y no las bebidas!

Richi se queda pensando. Algo está elucubrando.

“¿Tu padre sigue teniendo licor de café?”

“Pues supongo que sí, mi padre tiene de todo en el mueble bar. Pero eso está feísimo solo, que una vez le robé un chupito y parecía que había bebido matarratas.”

Y entonces Richi mira hacia el cielo, como si hubiese tenido una revelación: “Vodka, leche y licor de café. Te queda una cosa riquísima... mi padre lo prepara por Navidad, y ni siquiera sube.”

Yo he probado el vodka y debo de decir con sinceridad que beber colonia es preferible. Sin embargo, tras quince minutos en los cuales yo vigilo que Solano no se escape del bar, Richi y Kike vuelven con una especie de café con leche riquísimo, que no están fuerte en absoluto y que sabe mejor que cualquier otra cosa con alcohol que haya probado. Y como no sube, nos lo tomamos de un buche casi. Y sentados, charlando, nos tomamos otro más.

Al principio miramos por la ventana, pero al tercero yo ni me acuerdo de que estamos allí por Solano. No llego al cuarto, sino que me empiezo a quedar sopa allí mismo en la silla, aunque para mí eso no es problema porque yo he llegado a dormirme en el pupitre de clase, que es mucho más incómodo.

Un ruido me despierta de repente. Doy un respingo y me doy cuenta de que me duele todo el cuerpo. Pero no, no es nada grave, o no especialmente grave: todos nos hemos quedado dormidos, y Richi se ha caído al suelo. Lleva tal cogorza que a pesar del golpe no ha terminado de despertarse. Kike ni siquiera se ha inmutado, y duerme tan ricamente con la cabeza apoyada en la vitrocerámica, que ya es valor. El cielo está clareando, el bar hace lo menos una o dos horas que cerró y decido que despertar a las bellas durmientes no tiene especial sentido: me voy al sofá y doy otra cabezada.

Dos horas después, cuando Richi se despierte en el suelo, se cabreará enormemente. Dirá que esta vez Solano nos la ha jugado, aunque para mí que no fue Solano quien dejó las botellas de alcohol a nuestro alcance.

 

2010-07-03 09:15 | 1 Comentarios


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Comentarios

1
De: Vir Fecha: 2010-07-03 12:54

me encantan tus historias por capítulos...



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