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BRUMAS DE OCTUBRE

En los últimos días no he podido resistirme a releer un libro con el que disfruté enormemente a los 15 años,  Brumas de octubre, de la escritora gallega Lola García.

Cierto es que los libros que nos encantan durante la adolescencia son muy peligrosos, puesto que podemos descubrir que los temas originalísimos, los personajes interesantísimos y el desarrollo inigualable no lo eran tanto como pensábamos, o incluso que eran un remedo de otras obras que no conocíamos en nuestra juventud, pero ahora sí. Sin embargo, para mi sorpresa, Brumas de octubre no sólo se ha conservado tremendamente fresca, sino que encima gana en profundidad cuando la lees con unos cuantos años más encima y un poco más de perspectiva.

Cuando la leí a los 15 años era una novela de un puñado de adolescentes, muy divertida de leer, con muchas anécdotas, y con una hermosa historia de amor en la que el chico terminaba consiguiendo a la chica que le gustaba. Salvando el final, que me parecía increíble, me pareció una fotografía de la vida del estudiante.

Al revisitarla década y media después, descubro con sorpresa que Lola García era profesora y directora de un instituto público, de ahí que sus anécdotas y sus personajes pareciesen tan reales (¡es que eran reales!). Además, aunque el lenguaje que emplean los protagonistas está claramente pasado, las relaciones dentro del grupo no son muy diferentes de las que yo mismo viví en mi propia pandilla, e incluso hay fragmentos que me parecía haberlos vivido yo mismo. Pero también hay sorpresas, como los profesores, que aparecen brevemente como protagonistas, con voz y perspectiva propia, y que se me pasaron completamente la primera vez que leí el libro, pero que ahora los siento tan reales y cercanos como a los protagonistas.

La forma de escribir de Lola García es tan sencilla que simple y llanamente despierta envidia: cada capítulo es un mes, dividido en diferentes anécdotas contadas a través del punto de vista de diversos personajes, aunque el protagonista principal es un muchacho llamado Miguel. Cada anécdota desarrolla a los personajes, aunque sin intentar explicárnoslos en profundidad, dejando siempre un aura de vaguedad alrededor de ellos, como si fuéramos testigos casuales de diferentes momentos de sus vidas. Sólo Miguel nos resulta totalmente accesible desde el principio; otros personajes irán abriéndosenos hacia la mitad e incluso en las últimas páginas del libro.

La idea de que somos testigos indiscretos (¿tal vez los propios profesores?) que observamos la vida de unos adolescentes se refuerza con la cronología del libro: comienza con Miguel despertándose el primer día de clases de octubre, y finaliza el último día de clases de junio (de hecho, la última frase es “Ha acabado el curso”). Los personajes quedan con finales más o menos cerrados, pero a fin de cuentas temporales, ya que son muchachos y muchachas de 14 años y tendrán todo un verano por delante para amar, odiar, forjar nuevas amistades y reforzar las ya existentes. Uno lamenta que la autora no hiciera una continuación, pero al mismo tiempo es obvio que no podía haber una segunda parte, porque al igual que le ocurre al profesor, los lectores somos testigos de la vida de esos personajes durante un lapso de tiempo exclusivamente, y después desaparecen de nuestras vidas.

Un libro sorprendente por sus múltiples lecturas, su buen humor, la facilidad con la que se incluyen temas relevantes sin caer en lo ñoño o manido y, por supuesto, el placer que da leer sus páginas. Un ejemplo de que la “literatura juvenil” no tiene edades cuando está bien escrita.

 

2010-06-01 00:08 | 2 Comentarios


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Comentarios

1
De: Palo Fecha: 2010-06-01 00:13

Cada vez que leo su blog recuerdo más cosas de mi vida y siento rabia por haberlas olvidado. Muchas gracias, creo que esta noche ya tengo relectura



2
De: Jose Joaquín Fecha: 2010-06-01 00:29

Si te sirve de consuelo, cada vez que hablo de la etapa del colegio con mis amigos me recuerdan cosas que tenía completamente olvidadas, pero que de repente resurgen como si las hubiese vivido hace unas horas. Decía Javier Krahe que él, para protestar con el alzheimer, se ponía a recordar como loco. Hay etapas de nuestra vida que merecen que hagamos justamente eso, recordar como locos.



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