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EL FANTASMA DE LA MEDIANOCHE

Juan Omeya vivía en el casco histórico, en un caserón más antiguo que el comer, junto a su madre, su abuelo y sus dos tías. El sitio parecía sacado de una película de miedo, con sus enormes techos, sus vigas de madera, sus muebles centenarios y los daguerrotipos de antiguos familiares cuyos nombres ya nadie recordaba.

La mayoría de los vecinos eran personas mayores, tranquilas y bonachonas, que vivían rodeadas de recuerdos y añorando a los familiares y amigos que ya no estaban. Sus rutinas eran simples: ir al mercado, visitar a los hijos y nietos, ver la telenovela, dormir la siesta, organizar la partida de bingo de esa semana… lo normal, vamos.

Cuando te cagabas era a mitad de la noche, cuando oías un ruido raro, como un susurro, que venía del piso de abajo o de arriba. Otras veces escuchabas pasos que, a las tantas, subían y bajaban las escaleras. En una ocasión, mientras jugábamos una partida de rol en el amplio salón, escuchamos perfectamente un grito.

Juan, sus familiares y sus vecinos, se engañaban pensando que aquello era el viento, o el agua del pozo, o cualquier otra explicación  inofensiva. Pero el viento no subía las escaleras apresuradamente imitando el ruido de zapatos, ni mucho menos susurraba palabras cuyas primeras o últimas sílabas creías comprender.

¿Había un fantasma en aquel inmueble? Era bien posible, puesto que en el lugar había muerto no poca gente, fruto de aquella costumbre de antaño que mantenía al moribundo en la casa y no en el hospital, para que muriera rodeado de los suyos. De hecho, Juan recordaba aún haber pasado, de pequeño, por el velatorio de Don Tomás, celebrado en pleno salón.

Como Richi sabía de estas cosas, se encargó de interrogar a nuestro amigo largo y tendido. ¿A qué hora se escuchaban los pasos? Poco antes de la medianoche. ¿La voz que se oía o los gritos que en ocasiones penetraban en las casas eran idénticos? En ocasiones sí, pero otras veces parecían hechos por personas bien distintas. ¿Había ocurrido algún suceso violento en el inmueble? Glups, parece ser que sí.

En los años 50, un marido bastante borracho se lió a golpes con su mujer. O iba demasiado borracho para darse cuenta de que la estaba matando, o iba demasiado borracho porque de otra manera no se habría atrevido a matarla, pero el hecho es que la mató. Luego se marchó y nunca más supieron de él. Nos lo contaba la tía mayor de Juan, que se sabía todos los cotilleos de las últimas décadas tanto de la casa como del barrio.

Richi lo tenía claro: el fantasma de aquella mujer buscaba venganza. Juan se negaba a aceptarlo, e insistía en que era el viento o, a lo mejor, un televisor demasiado alto. Nosotros preferíamos no pensar en ello: siempre que podíamos buscábamos otro lugar para jugar nuestras partidas de rol, y si aquellos ruidos comenzaban esperábamos con cualquier excusa a que se calmasen.

Un sábado, al salir de jugar, comenzamos a escuchar los ya habituales ruidos. Yo quería volverme para arriba, a casa de Juan, y el Cubano me secundaba, pero Richi veía aquella ocasión como una oportunidad para aprender más del mundo de los espíritus. Aunque no subimos a casa de nuestro amigo y seguimos descendiendo, lo hicimos con muchísimo sigilo, sintiéndonos algo más seguros por ello.

Al llegar a un rellano, encontramos un figura en las sombras, terriblemente extraña, algo bicéfalo con multitud de miembros que se movían como locos alrededor de aquella extraña forma, siguiendo una lógica que la mente humana no podía atreverse a desgranar.

El Cubano dio un grito. Aquella criatura dio un grito doble. Richi encendió la luz justo cuando yo estaba corriendo escaleras arriba. Y allí estaba: una parejita muy apretada que se colaba en aquella casa todos los fines de semana a meterse el lote, y posiblemente más. Nos quedamos mirándonos todos un momento, y tras unos pocos segundos de dilación nos marchamos hacia la calle apresuradamente.

2010-02-06 12:13 | 0 Comentarios


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