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EL MUNDO QUE SE EXTINGUIÓ

Me preguntaba una amiga hace un par de días que, habiendo sido en aniversario de la caída del muro de Berlín, cómo era posible que yo no hubiese escrito nada al respecto. Y ciertamente, estuve tentado de escribir unas palabras recordando el gran momento histórico que fue la caída del muro, antesala de la reunificación alemana y, finalmente, de la caída del bloque comunista. Pero pensé, realmente lo pensé, que vista la evolución de los acontecimientos en los últimos 20 años, la caída del muro no había cumplido la mayoría de las expectativas.

Obviamente el régimen de la República Democrática Alemana era una dictadura creada acorde a los intereses de la Unión Soviética, con todos los defectos que eso puede acarrear. El principal, qué duda cabe, era la falta de libertades políticas. También estaba el problema del endeudamiento, claro, pues como toda la esfera de influencia soviética, la RDA se habría hundido en el caos sin las ayudas económicas de la URSS primero, y después de su hermana, la República Federal Alemana. Otros factores, como la vejez progresiva de sus gobernantes (salvando los dos últimos, que representaron un fallido intento de apertura), no ayudaba a la relación entre ciudadanos y gobierno, puesto que los líderes seguían anclados en una visión del mundo claramente obsoleta. Un claro ejemplo de esto último fueron los duros enfrentamientos entre Erich Honecker y Mikhail Gorvachov, dos visiones del comunismo totalmente opuestas.

Sin embargo, siempre a mi parecer (aunque apoyándome en la visión de historiadores como Vladimir Zubok), el problema del bloque soviético no fue que perdiera la batalla contra el bloque capitalista (que indudablemente la perdió), sino que se hundió por circunstancias internas. Es muy fácil decir que la caída del comunismo era un hecho cantado, pero lo cierto es que en 1988, si alguien decía que la década acabaría con la caída del Muro, la reunificación alemana y el fin de la Guerra Fría, lo primero que uno hacía era preguntarle qué se había fumado. Visto desde la distancia, todo ocurrió como debía ocurrir, pero vivido al momento, las posibilidades fueron muchas.

Comentan algunos historiadores que tanto el sistema soviético como el capitalista eran sistemas mesiánicos, es decir, no sólo ofrecían una visión geoestratégica del mundo, sino que realmente ofrecían una posibilidad de felicidad universal. El mundo soviético ofrecía un sistema igualitario, de prestaciones sociales, pensado por y para trabajadores, donde la libertad ya no estaba emparejada a la democracia burguesa (“vote una vez cada cuatro años y apechugue con lo que ocurra”); el mundo capitalista ofrecía un sistema donde la persona que se esforzase progresaría, donde no había límites a la riqueza que se podía amasar, pensado para gente con iniciativa, donde la libertad se asociaba a la democracia burguesa. Ambos sistemas tenían que perfeccionarse, claro, pues si bien la URSS y sus satélites no eran un paraíso para los trabajadores, tampoco podemos decir que en EE.UU. las clases bajas alcanzasen la riqueza a base de deslomarse. Pero siempre estaba la promesa de la perfección del sistema (de cualquier de ambos), de que mañana sería un día más soleado  que éste (algo que aún nos queda, y si no miren con qué alegría se dedican los políticos a ver brotes verdes, como si el desempleo y la pobreza estructural desaparecieran por arte de magia en los periodos de crecimiento económico).

En la RDA el sueño mesiánico capitalista triunfó con todas sus fuerzas, y el sueño de una vida mejor, con más posibilidades de compras, con más riqueza, sedujo a millones de personas (y los sedujo por muy buenas razones). El descrédito del sistema soviético y el sueño de ese mañana brillante bajo un sol verde color dólar es lo que explica, al menos en gran medida, la facilidad con la que la RDA desapareció, fagocitada por la RFA. Alemania no se reunificó, simplemente la parte rica fagocitó a su hermana pobre.

Tras un cielo de esperanzas sin límites, los propios alemanes del este se dieron cuenta de que había límites, y muy reales. Ayer mismo leía en El País una entrevista a varios alemanes del este, que si bien no lloraban por la desaparición de la RDA, sí echaban de menos sus políticas culturales, educativas y asistenciales, que habían sido borradas de un plumazo bajo la idea de que todo lo proveniente del mundo soviético era malo, que todo lo proveniente del capitalismo era bueno. “Aún hoy,” decía en la SER un español que llevaba ya 30 años viviendo en Berlín, “puedo identificar a una persona con solo mirarla, saber si era del Este o del Oeste.”

Pero Alemania fue un país afortunado, pues el sueño mesiánico tuvo un despertar mucho más difícil en Rusia, donde los propios defensores de la Unión Soviética se convirtieron en los más firmes defensores (y poseedores) de las estructuras capitalistas. El caos económico (en gran medida iniciado por la liberalización de la economía que trajo Gorvachov) se convirtió en un agresivo capitalismo, que empobreció a buena parte de la población, no ya por los sueldos y el desempleo, sin por la pérdida de una prestaciones sociales que eran universales y ya no. Las palabras de Yeltsin el día de su dimisión no podían resumir mejor lo que habían sido los años de su mandato: “Quiero pedir perdón por aquellos sueños vuestros que nunca se hicieron realidad. Y también quiero pedir perdón por no haber cumplido vuestras expectativas.”

Sé que para muchos la caída del bloque soviético, que empezó con aquel muro que separaba dos mundos, significó que millones de personas tenían libertad. Desgraciadamente, el vacío que dejó el sistema comunista fue llenado por un sistema que, para poder disfrutar de tu libertad, te exigía dinero. La caída de cualquier dictadura es una buena noticia, pero en la mayoría de los países el fin de la dictadura supuso también el fin de muchas reformas sociales que, a partir de ese momento, sólo estarían disponibles para quien las pudiera pagar.

No sorprende pues que el instituto de encuestas Pew, al realizar un estudio en nueve países europeos que antaño fueron comunistas, haya descubierto una pérdida de entusiasmo por la democracia que vino de la mano del capitalismo. En Ucrania, por ejemplo, sólo el 30% de los ucranios aprueba el sistema de partidos actual, frente al 72% que lo hacía en 1991. Pero no es una cuestión de mera nostalgia (máxime sabiendo que hay una generación de jóvenes que apenas tienen recuerdos del comunismo), pues entre las críticas al nuevo sistema suele estar el empobrecimiento, según piensan los húngaros (72%), los ucranios (62%) y los búlgaros (62%). Sólo los polacos (47%) y los checos (45%) opinan que su situación económica es mejor ahora. Tampoco Alemania se libra, y el número de personas que tiene una visión positiva del muro, si bien sigue siendo mayoritaria, es ostensiblemente menor que la existente hace 20 años.

En resumidas cuentas, ¿valió la pena la caída del bloque soviético? Indudablemente ya no existe la represión de décadas atrás (aunque en Rusia se sigan matando periodistas), pero uno no puede dejar de mirar la caída del muro y del propio mundo comunista como una oportunidad perdida. Se podía haber construido algo nuevo, pero da la sensación de que dejaron el edificio a medias.

2009-11-11 08:05 | 0 Comentarios


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