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TRAFICANTES DE TEBEOS

Mentía más que hablaba, el Gordo.

Era tripitidor, bajito y miope (aunque a mitad de curso se operó de la miopía, cuando operarse de miopía era casi ciencia-ficción), tremendamente obeso y, sí, un mitómano de tomo y lomo. Dos años después, cuando leí Dune, sólo pude imaginarme al Barón Harkonnen como un remedo adulto del Gordo.

Nos caía mal. No por su aspecto físico, que en aquella clase pocos habrían servido como modelos. Nos caía mal porque siempre andaba liándolo todo, y si le gustaba una niña nos ponía a parir a todos, incluso a mí, que yo las únicas mujeres que tocaba eran las de los tebeos al pasar la página. Nos caía mal porque tenía mucho dinero y presumía continuamente de él, que si sus padres tenían un pisito en Miami (“Pero muy pequeñito” insistía él), que si le habían puesto un profesor particular para que se sacase el carnet de conducir, que si en navidades se iba a Cuba para que su madre no pasara frío, y todo así.

Cuando el profesor hablaba del movimiento obrero, él paraba la clase y daba un emocionante discurso sobre lo banal que es el dinero, que lo importante eran las personas, y ni siquiera sus conocimientos, sino sus corazones. Pero luego había una colecta para una buena causa, o se hablaba de salir a cenar a escote, o hacíamos un amigo invisible… y ponía el grito en el cielo, venga a decir que él ya pagaba el IVA, no iba a pagar ahora el impuesto revolucionario. Un personaje, vamos.

 

Me metí en problemas por culpa del Gordo. O mejor dicho, el Gordo me metió en problemas.

Por aquella época yo me solía reunir todos los jueves con el Postu, uno de aquellos repetidores guaperas y cachas que volvían locas a las niñas y tenían cierto aire de chicos de la mafia. Sin embargo, apariencias aparte, el Postu era un buen tipo, además de un fan irredento de los cómics Marvel. Como sus padres no le dejaban comprar cómics, yo se los prestaba, y a cambio él me dejaba novelitas de Isaac Asimov y de A. Thorkent.

Este mercadeo lo hacíamos en el baño, por aquello de que no le viesen con los cómics, sobre todo a partir de que comenzase a dejarle manga japonés, pues al director (un tipo paternalista, desinformado y ya mayor al que cambiaron de destino un par de años después) se le había metido en la cabeza que el manga era pederasta y pornográfico.

Un día, en un recreo, andábamos en el baño charlando de cómics y cambiándonos material, cuando se abrió la puerta y nos vimos al director, serio y blanco como una lápida, que nos atravesaba con los ojos: “¡A mi despacho!”

Aquel despacho, que olía a beata y naftalina, tenía una mesa enorme, o a mí en aquel entonces se me antojó enorme. La señaló con un dedo cadavérico y nos indicó que vaciásemos las mochilas sobre su superficie. Él no entendía nada de derechos, y a nosotros nadie nos los había explicado, así que obedecimos.

Sobre aquella superficie de caoba se dispersaron tebeos de Spider-Man, X-Men, un tomo recopilatorio de Zero Hour y muchas novelitas “de a duro”. Miró entre las páginas de los tebeos, miró en las maletas, casi estuvo a punto de cachearnos, y finalmente dijo: “¿Qué hacían en el baño?”

Nos miramos un poco confundidos: “Nos cambiamos novelas… y tebeos…” respondí yo, totalmente aterrado ante aquel hombre que, según decía, te podía expulsar cuando quisiera.

“¿Y por qué se esconden?”

Nos miramos un poco sorprendidos por la pregunta.

“Se está más tranquilo…” dijo el Postu, intentando esconder la incómoda verdad: que no había salido del armario de los frikis.

El director se quedó meditabundo un rato más, finalmente nos creyó, no le quedaba más remedio, y nos dijo que nos fuéramos. Al preguntarle qué había pasado, simplemente nos despachó diciendo “Ha sido una confusión.”

 

No entendimos qué había pasado y no le dimos más vueltas. No hasta que alguien me dijo, a última hora: “El Gordo se ha chivado de unos que estaban vendiendo pastillas o algo así.”

La noticia me sorprendió bastante, más que nada porque era un poco estúpido vender drogas dentro del colegio, cuando fuera se encontraban fácilmente. “¿Y quiénes eran?”

Con cara de confidente, mi compañero dijo: “Quién me lo dijo no conocía a uno de ellos, pero el otro era el Postu.”

¡El muy cabrón del gordo! ¡Se había inventado que vendíamos drogas! ¡Yo, que no sabía ni liar un porro, tan sólo fumarlos! Aquello clamaba venganza.

 

2008-12-18 09:50 | 2 Comentarios


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Comentarios

1
De: Marcos Fecha: 2008-12-18 11:01

Y lo mismo la casa de Miami eran dos cajas de carton...



2
De: LVH Fecha: 2008-12-18 11:33

Un digno heredero de la casa Harkonnen este gordo, sin duda.



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