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FIESTA EN CASA DE RICHI

Fumaba y bebía más que nunca, tal vez pensando que justamente en eso consistía la madurez, tal vez tratando de olvidar aquel tercer, insolidario suspenso que le había obligado a repetir.

Mi amigo Richi estaba pasándolo mal. El tutor le decía que había suspendido por no dar un palo al agua, sus padres no dejaban de repetírselo, y lo que es peor, Richi sabía que tenían razón. Tal vez la madurez también consistía en eso, en reconocer que algunas cosas pasan por tu culpa.

Pero ojo, una cosa era saber que tenías la culpa y otra bien distinta reconocerlo abiertamente. Richi repetía incesantemente que había suspendido porque a los profesores no les gustaban sus pintas, que doña Azucena le había cogido tirria, que el inglés se lo habían suspendido tal o cual chorrada. Los padres, por una vez, decidieron tomarle la palabra: si le habían suspendido por manía y no por falta de conocimientos, no tendría problema alguno en aprobar los primeros exámenes que hiciese, así que, en cuanto enseñase las primeras notas, sería libre para salir a la calle los fines de semana, volvería a tener paga y le devolverían la videoconsola.

A Richi el trato le pareció más o menos justo, así que decidió demostrar a sus padres que era un chico responsable, o al menos que iba a empezar a serlo. No podía ser demasiado difícil estudiar y sacar cincos raspones. Podía aguantar sin salir los fines de semana, al menos dos o tres, hasta que llegasen los primeros exámenes. Incluso podía aguantar sin paga, merced de los pitillos que le sangraba al Cubano y al resto de la pandilla. Todo iba bien, todo salía según lo planeado, hasta que llegó aquel sábado.

 

Aquel sábado los padres de Richi decidieron ir a la fiesta de un amigo en Chiclana. Aunque no dijeron hora de vuelta, para evitar que Richi se largara, era evidente que iban a tardar lo suyo. Richi nos invitó, por lo tanto, a cenar en su casa. Así pasaríamos algún tiempo juntos, podríamos beber unas cervezas animar a nuestro compañero caído en desgracia.

Y allá nos colamos toda la pandilla. Litronas, todas las que uno pudiera desear. Tabaco para reventar un pulmón y aliño suficiente para destrozar el otro. Pizzas recalentadas, cena de campeones. Y Pablo Carbonell con su guitarra, dispuesto a cantar lo que hiciera falta.

“Comemos en el salón, ojo, pero a fumar a mi cuarto, que como mis padres huelan esto se van a imaginar que aquí ha habido una fiesta.”

Así que comimos y bebimos rápido, recogimos todos los desperdicios y nos largamos al cuarto de nuestro amigo. Allí, ya se pueden imaginar, uno parecía encontrarse dentro de un submarino: la puerta y la ventana cerradas, para que el ruido no se escapase (la física no funcionaba así, pero bueno, al menos yo era de letras), una humareda que recordaba al Londres de Sherlock Holmes y un olor a humanidad que empezaba a quitar el sentido.

“¿A qué hora llegan tus padres?” preguntó alguien.

“Hasta la una no creo que asomen el pelo” y mirando el reloj de su pared, Richi nos tranquilizó, “así que aún tenemos dos horas para recogerlo todo y ventilar el cuarto.”

Venga a beber, venga a fumar los que fumaban, venga a cantar coplas de Carnaval que yo no me sabía, pero que coreaba igualmente. Y venga a sudar, que aquella noche de otoño más bien parecía un mediodía de verano, menuda calor y menuda peste a sudor, ojalá la gente usase desodorante después de ducharse. Trae para acá ese litro, ábreme aquí este otro, bebe, coño, que aún quedan dos horas hasta que lleguen tus padres… espera, ¿no quedaba dos horas hace un buen rato?

“¡La leche, el reloj de la pared no funciona!” grité. Nadie me hizo caso, salvo el Cubano, que me miró como si acabase de decir la tontería más grande del mundo. Pablo daba saltos sobre la cama y el resto de la pandilla coreaba una canción de Extremoduro.

“¿Y qué importa que el reloj no funcione?” me preguntó el Cubano, bastante tocado a base de fumetear y beber.

“Que el tiempo ha pasado y no nos hemos dado cuenta. ¡Los padres de Richi pueden estar al caer!” Y en ese momento se hizo el silencio más absoluto. Ninguno usábamos reloj de pulsera, tal vez porque andábamos hartos de sirenas y horarios en el colegio, y sentíamos que su correa era un grillete más que otra cosa. Alguien abrió la ventana, se asomó para ver el reloj luminoso de una farmacia, y dijo, muy muy flojito, como si así pudiesemos evitar la realidad: “Son cerca de la una y media.” A Richi casi le da un infarto allí mismo.

Venga a recoger, venga meter todas las botellas en bolsas de basura, venta a intentar ventilar la habitación… venga, venga y venga, todos corriendo y haciendo algo, guardando la guitarra, cerrando la basura, tirando las colillas. Y en ese momento, se oyó el ascensor, y pocos segundos después unas llaves contra el portón de nuestro amigo. Los padres habían vuelto.

“Cubano, por tus cojones, esconde las litronas” susurró Richi mientras intentaba maquinar una excusa que, seamos sinceros, nadie pensaba que fuese a colar. Mientras, el pobre Cubano, con una bolsa de basura llena de litronas en la mano, buscaba como loco un lugar donde esconder las pruebas del delito. Por el pasillo, los padres avanzaban.

El intenso olor a tabaco debió sobresaltarlos. El intenso olor a algo que no era tabaco, y ya puestos tampoco sudor, debió mosquearlos. El padre abrió la puerta del cuarto sólo para descubrir que aquello parecía el camarote de los hermanos Marx.

“¡¿Qué es esto?!” preguntó iracundo, supongo que con razón, el buen señor.

“Mis amigos, que han venido a saludar…” la voz de Richi quedó interrumpida cuando la docena larga de litronas chocó contra el suelo de la calle. El Cubano, sin encontrar lugar alguno donde esconder los cascos de vidrio, había optado en el último momento por lanzarlos desde la ventana, sin pararse a pensar que estábamos a ocho pisos de altura.

No sé si el padre se imaginó lo que había ocurrido, o si simplemente se olió que había algo raro, quiero decir además del aliño. Ya daba igual que Richi aprobaba los primeros exámenes o no: las esperanzas de nuestro amigo de verse libre del castigo acaban de reventar, justo como las litronas vacías contra el asfalto.

 

 

2008-09-23 00:56 | 3 Comentarios


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Comentarios

1
De: David Saltares Fecha: 2008-09-23 09:18

Desde ese momento, Richi estaría pendiente de relojes sin pilas y demás factores de la ley de Murphy



2
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-09-23 13:53

Que va, siguió sin usarlos porque no se fiaba de ellos (esta vez con razón).



3
De: Jaberwocky Fecha: 2008-09-23 22:38

siempre he querido tirar algo como botellas o un televisor por una ventana, pero mi sentido común (y sobre todo mis padres) me lo han impedido siempre. A lo mejor cuando sea rico y famoso...



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