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SIMPLEMENTE PASÓ

Casi no tengo fotografías de mis amigos de juventud. Nunca tuve mucho interés por una cámara que inmortalizara los grandes momentos que pasábamos juntos, tal vez porque creía que siempre seríamos iguales y que nada cambiaría, o tal vez porque, inocente de mí, esperaba que la memoria registrase a la perfección aquellos momentos de mi vida que parecían (y posiblemente fueron) tan trascendentes.

Ahora que han pasado los años, echo en falta poder contrastar mis recuerdos con las fotografías. ¿Cómo era Richi? Cuando pienso en él, me veo al hombre que es hoy día, y me cuesta horrores recordar su voz adolescente, su mirada rebelde o aquellas ropas que sus padres tanto criticaban. ¿Y Blanca? Era delgada y, por lo que algunos amigos me han dicho, ni guapa ni fea. Pero debo reconocer que, al volverme hacia mis recuerdos, sólo hallo una figura nebulosa, que lo mismo podría haber sido alta que baja, morena que rubia.

Sin embargo, de Joaquín sí recuerdo algo, sin necesidad de fotos, sin necesidad de que los viejos compañeros me recuerden datos. Recuerdo sus ojos. Decir que eran azules o brillantes sería vano, palabras a fin de cuentas. Es mejor contar el efecto que tenían en las niñas de la clase: Maricarmen, una de las más pijitas, se había quedado una clase entera mirándole atentamente, sosteniéndole la mirada, como si buscase algo en mitad de aquel azul marino; cuando Joaquín hablaba con cualquiera, pero sobre todo con una chica que le gustaba, miraba directamente a los ojos, sus palabras tenían poca importancia en aquellos momentos, pues podía estar diciéndote la mayor de las mentiras y, sin embargo, parecía la persona más sincera sobre la faz de este mundo. Creo, y lo digo sinceramente, que mientras escribía el cómic de Don Juan Tenorio tenía en mente aquellos ojos.

Otra persona que tenía aquellos orbes azules grabados en la memoria era la Topo, la novia de Kike. No sé cuándo ocurrió, si fue algo premeditado o pura casualidad, pero aquella muchachita miope comenzó a venir más a la pandilla, y con ella Kike. Al principio creíamos que era cosa de nuestro amigo, que había cogido el toro por los cuernos y había explicado a su novia que sus amigos éramos sagrados, y que quería vernos. Pero pronto, por la actitud de ambos, comprendimos (y quien no lo comprendió, fue porque prefería ser ciego) que quien realmente disfrutaba viniendo era ella.

La mayoría de la gente pensó que la Topo se lo pasaba bien con nosotros, y por eso su interés en venir. Yo, que era un poco más mal pensando, la veía mirar a Joaquín, reírse cuando charlaban, buscar temas de conversación, asientos cercanos… y sumé dos y dos, a pesar de que yo nunca he sido muy bueno para este tipo de sumas. Quién sí era un poco más dado a sumar cosas obvia era Kike, tal vez por aquello de ser de Ciencias, tal vez porque le afectaba directamente.

No creo que se diera cuenta desde el principio, pero en cuanto ató algunos cabos, su carácter empezó a agriarse. No con la pandilla en particular, sino con todo el mundo, pues veía como la chica que le gustaba, con la que infantilmente había soñado un futuro común, se le escapaba de entre las manos lenta pero irremediablemente, igual que a mí se me escapan hoy los rostros y los recuerdos de aquella época. Y comenzó a no venir, pero ese no fue obstáculo para que la Topo no viniera; y volvió a venir, pero eso no evitó que su chica siguiese hablando con Joaquín. Y un día, enojado, dolorido, tal vez plenamente consciente de lo que estaba pasando, se llevó a su novia aparte y hablaron largo y tendido. Tampoco es que hubiese mucho de qué hablar: Joaquín no se había insinuado, no había cuernos, ni siquiera estaba muy claro lo que ella sentía… tan solo se había dejado llevar.

Tras aquellas palabras, aunque no se lo dijeron directamente, era obvio que ya no eran el uno del otro, que ya no eran novios. Fue obvio que, a pesar de los besos y las llamadas, hacía tiempo que ya no lo eran. No cortaron aquella noche, sino mucho antes. Simplemente ninguno de ellos se había dado cuenta hasta aquel momento.

Kike se acercó a Joaquín, y aunque todos nos temíamos lo que iba a pasar, nadie se puso en medio. Joaquín tampoco se movió, simplemente recibió el puñetazo de Kike como si fuese algo inevitable, una consecuencia lógica de todo lo que había pasado. Y tras golpear a nuestro amigo, corrió, corrió como si le persiguiera el mismo diablo. Richi dice que tenía lágrimas en los ojos por haber perdido a su chica. Yo creo que no era por eso, sino por haber mirado aquellos ojos azules de Joaquín, que mansamente le miraban y le decían una verdad más dolorosa que ninguna mentira: “No es culpa mía. Ni de ella. Ni tuya. Simplemente ha ocurrido.”

El fin de semana siguiente Joaquín y la Topo se liaron y comenzaron a salir.

2008-08-23 02:12 | 3 Comentarios


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Comentarios

1
De: la cocinera políglota Fecha: 2008-08-23 12:40

¡Cuántos recuerdos guardas, Jose Joaquín! Yo, además, atesoro fotografías de mi infancia, adolescencia, etc. Me encanta verlas, pero al mismo tiempo siento una gran nostalgia, ya que los recuerdos permanecen intactos, mientras que los cambios son tan notables...

Una historia muy bien narrada, como de costumbre :-)



2
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-08-23 13:08

Cuando me quede sin recuerdos, espero que me alquiles los tuyos ;)



3
De: Toni Fecha: 2008-08-27 22:32

Hace tiempo que no leo este blog. Cada día que entro en esta página mágica hago lo mismo... veo algún que otro escrito del amigo jose y me repito que un día tengo que escribirle algún comentario.

Pero hoy no es un día cualquiera... o una noche? No lo sé... La cuestión es que he leído este mail y me han entrado unas ganas terribles de escribir... porque repito... hoy no es un hoy cualquiera.

Yo también tengo esos recuerdos. De vez en cuando vienen a despertarme los momentos teóricamente felices de mi infancia, del bocata en el recreo, del partido de fútbol en el parque, de las horas infinitas encima de mi bicicleta nueva y roja (como no)...
Llevo un día entero en el que estos recuerdos me persiguen intensamente. Sobretodo el del partido de fútbol en el parque. Allí jugábamos Basileo, Rudy, Carlos, Marc, Mateo y otro montón de caras que se aglutinan pero de las que no recuerdo el nombre.

Entre esas caras estaban las de Cristian y sus dos hermanos. A Cristian lo recuerdo tranquilo, siempre riendo y haciendo bromas. Moreno, alto y muy delgado. Al hermano pequeño lo recuerdo exactamente igual que a él. Al que menos recuerdo es a su hermano mayor. Evidentemente, al ser el mayor, lo recuerdo mucho más alto que nosotros, aunque sólo nos llevara un par de años. Era un adolescente cualquiera, con las mismas características que sus hermanos, pero algo más introvertido.

Todos jugábamos en el mismo parque, éramos más o menos apañados en los estudios (muchos menos que más). Todos teníamos las mismas ganas de vivir detrás de esa pelota de plástico, de cuero o incluso de papel. Sudábamos el mismo sudor, reíamos con los goles o con las chiquilladas (más bien gamberradas) y nos cabreábamos cuando perdíamos. Teníamos tantas ganas de vivir.

Y de repente del recuerdo me despierta el ayer, de día o de noche, en un momento indefinido, no lo recuerdo... sólo sé que mi madre, cuando le hablaba de alguna gilipollez que me hacía sentir mal, me dijo que el hermano mayor de Cristian se había suicidado.

Y en este momento me viene la imagen del inicio de la película Mystic river, cuando por azar uno de los tres niños acaba en un coche que le lleva a un zulo donde lo violan.

Y realmente jodido me pregunto... cual fue el puto coche que le ha llevado a esto...



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