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AQUEL VERANO... EL CUBANO

La madre del Cubano era una mujer muy moderna. La buena señora, Puri se llamaba, decía que no había que culpar al niño por haber suspendido. En lugar de eso, lo que había de hacerse era darle responsabilidades, para que fuera madurando y aprendiese a administrarse el tiempo. Así que le buscó al hijo un trabajito veraniego como cobrador de facturas.

La familia de Puri había sido de mucho dinero un par de generaciones atrás, y aún hoy conservaban, entre todos los hermanos, algunos edificios en el casco histórico de la ciudad. No les daban mucho dinero, porque los propietarios eran ancianos de renta antigua que, a lo sumo, pagaban 60 € al mes, pero algo era algo. Lo malo es que para cobrarles la luz, el agua y la comunidad había que ir de casa en casa, porque aquellos ancianos no se fiaban lo más mínimo de los bancos, y desde luego bien que hacían. Así que el Cubano se convirtió en cobrador de las facturas, un trabajo que debería haber sido fácil, pero que obviamente acabó siendo un infierno.

No es sólo que las personas mayores le dedicasen mil y una atenciones (“¿quieres un café, un helado sin azúcar, un bollito?”), lo que le retrasaba enormemente y le hacía perder toda la tarde, sino que encima le pasaban cosas de las más extrañas.

De todas las aventuras que vivió en dos meses de cobros, les cuento mi favorita (también la más triste): el anciano desaparecido.

 

Una buena tarde, con unos calores de morirse, el Cubano fue a cobrar por primera vez a unas casas que tenían al lado de lo que en tiempos había sido la fábrica de tabacos, hoy hermoso palacio de congresos donde se celebró una Hispacón. Allí, ya se imaginan, retrasos mil; incluso le enseñaron fotos de nietos y bisnietos, y en una casa incluso le obligaron a que dejase una foto suya de carnet, porque era el cobrador más simpático que había pasado por allí.

Al llegar a la última puerta, una mujer muy mayor le abrió. La charla típica: “Hola, soy el hijo de la Pili, y en verano seré yo quien cobre los recibos”. Llevaba una carta de su madre explicándolo todo, pero lo cierto es que nadie insistía en verla. Aquella anciana, que le recordaba un poco a la Tía May de Spider-Man, le invitó a entrar en su casa, todo un museo a tiempos pasados y familiares desaparecidos, donde no se encontraba un solo centímetro de mesita o estante sin cubrir por recuerdos de viajes, fotos de familia o desgastados muñecos pertenecientes a varias generaciones anteriores.

Tras enseñarle la casa y explicarle, con gran vigor y entusiasmo, los años de la guerra (el Cubano no sabía cual era, pero a todo asentía diciendo “Fueron años terribles, sí señora, ya lo creo”), le dijo que no le podía pagar. Ella no manejaba el dinero, porque su cabeza ya no era lo que había sido, y se liaba con los números una barbaridad, por no decir que veía muy mal, y apenas distinguía una moneda de otra. Quien manejaba el dinero era su hermana pequeña, pero había salido a comprar hacía un buen rato y aún no había vuelto. El Cubano le dijo que no se preocupara, que volvería (¡mierda, otra tarde perdida!) al día siguiente.

Desgraciadamente, al día siguiente la buena y vetusta señora estaba más preocupada que nunca: su hermana no había vuelto y ella, preocupada como estaba, no sabía qué hacer. Al Cubano se le vino el mundo encima. “Me puedo olvidar de ir luego al cine”, se dijo, sabedor de que aquello le iba a llevar mucho tiempo. Pero mi amigo siempre había soñado con ser detective privado, así que ni corto ni perezoso pensó en ayudar a la señora. Preguntó cómo era la hermana (las fotos que había de ella eran demasiado antiguas), le pidió que le especificara a qué tipo de comercio había ido a comprar, y salió a la calle como si de un personaje de Hammet se tratase, dispuesto a resolver un caso.

Sin embargo, la cosa se complicó más de lo que esperaba: en las tiendas no recordaban haber atendido a una señora como la que mi amigo les describía (bajita, vestida de negro, con el pelo aún largo y recogido, un poco coja por una caída que tuvo de pequeña…). La verdad es que ser un personaje de novela negra no era tan fácil como él creía. No quedándole otra opción, hizo lo más coherente: avisó a la policía.

 

Los agentes de policía debieron de razonar que, habiendo desaparecido hacía más de 24 horas, una hora más no debía de importar demasiado. Mientras tanto, mi detectivesco amigo se dedicó a llamar a cuanto hospital conocía, comprobando para su tranquilidad que no estaba en ninguno.

Para entonces, una pareja de agentes ya habían llegado, y se impacientaban intentando sacar la información a aquella encantadora señora que se iba por las ramas, les hablaba de una cosa y a continuación de otra, sin terminar de contarles nada.

En eso, que sonó un ruido de llaves y se abrió la puerta. “¡La hermana!” pensó el Cubano, pero no, no era la hermana, sino una señora de mediana edad que se quedó de piedra al verle a él y a dos agentes uniformados tomando café en el salón.

“¿Pero qué ha pasado?” preguntó un poco alterada la señora, “¿le ha pasado algo a mi madre?”

“No señora, a su madre no, a su tía. Parece ser que ha desaparecido” dijo uno de los policías, preparado para una llantina preocupada. Pero no, muy al contrario, la mujer simplemente respondió: “Sí, claro.”

“¿Lo sabía?” preguntó excitado el Cubano, viendo en todo esto un gran misterio.

“Sí, sí, claro… mi tía murió hace veinte años. Es normal que no la encuentren.”

“No señora, se confunde. Su madre nos ha dicho que ha desaparecido ayer, debe de ser otra tía suya.”

“No, agente” dijo la mujer, ya totalmente tranquila, “mi madre sólo tenía una hermana. Pero de unos meses para acá le ha atacado la senilidad, y nos trae locos. Siempre intentamos que haya alguien en la casa, porque lo mismo te reconoce que, como ustedes han visto, hecha en falta a su padre, a sus hermanos o incluso nos confunde con ellos.”

De repente la mujer se interrumpió, volvió a fijarse en el Cubano, y comprendió que era demasiado joven para ser un policía y demasiado tangible para ser una alucinación de su madre: “¿Y tú quién eres?”

Uno de los policías pareció sorprenderse: “¿No es uno de los nietos de la señora?” Obviamente no lo era. El resto de la tarde el pobre Cubano la pasó explicando que él sólo venía a cobrar una factura, que era el hijo de la Puri, que todo era un error. Estaba un poco acojonado, creo yo, por si acaso se creían que todo era una broma.

 

Ya casi anocheciendo, el Cubano volvió a casa hecho polvo. Como la madre no estaba, me llamó por teléfono y me relató su aventura.

“La que has tenido que liar para cobrar” le dije.

“¡Mierda!” dijo como única respuesta.

“¿Qué pasa?”

“¡Que con el lío se me ha olvidado cobrar la factura!”

2008-07-24 01:49 | 2 Comentarios


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Comentarios

1
De: jose Fecha: 2008-07-24 22:43

el otro día estaba en casa de mi amigo. llegó la abuela y le dijo "dónde está carmen?" y va y me señala a mí y dice "ahí, abuela". y se pone la abuela a hablarme como si yo fuera carmen y el otro descojonándose de mí.

luego me contó que la abuela se cree que él es su padre y que carmen -o sea, yo- es su hermana.



2
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-07-24 22:50

Quitando la tragedia que para las familias es tener un familiar con demencia senil (mi abuela, sin ir más lejos), hay que reconocer que puede llegar a ser muy curioso.

Mi padre se empeñaba en intentar explicarle a mi abuela sus errores (yo soy tu hijo, tu madre murió hace cincuenta años, etc.), pero yo prefería seguirle la corriente, total, es ridículo intentar convencer a la otra persona, porque ella o él perciben la realidad de otra manera.

Lo curioso es, claro, que te hablan de cosas de hace 50 o 60 años, y te tratan como si fueras una persona ya desaparecida.



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