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AQUEL VERANO... AUGUSTO

Unos dibujaban el mundo tal y como les habría gustado vivirlo, otros lo reinventaban escribiendo. Tal era el caso de Augusto, que amenazaba con repetir por segunda vez, para disgusto absoluto de sus padres. Le habían quitado todas las novelas y libros de poesía, a modo de GESTAPO inquisitorial, para evitar que se distrajera y dedicase, aunque sólo fuese un segundo, a una causa que no fuese el estudio intensivo.

Su cuarto se había vuelto una celda insoportable. Al frente, lo que antes eran estanterías repletas de novelas de aventuras y poemarios del Siglo de Oro (y es que Augusto amaba a Góngora con locura), ahora eran vacíos almacenes de polvo; a su espalda, la idílica visión de la playa que ofrecía su ventana se le antojaba una manzana de Tántalo, pues podía contemplar aquellas arenas y aguas cuanto quisiera, pero no se le permitía tan siquiera acercarse a diez metros. Así las cosas, mi amigo no podía hacer otra cosa que escribir interminables versos en los que soñaba con la libertad, el mar y el reencuentro con los amigos.

Hacia finales de julio, el padre de Augusto llamó a su hijo al despacho. Creo que hasta ahora nunca he dicho que el padre de mi compadre había sido médico militar, pero se había reciclado como ginecólogo, montando en su inmensa casa una próspera consulta. El problema era que el despacho de tan eminente doctor estaba adornado con vulvas, vaginas, cérvix y clítoris varios, algunos dibujados en relieve y otros artísticamente fotografiados, por lo que a mi pobre amigo se le solía hacer bastante difícil, merced del calentón perpetuo que supone la adolescencia, prestar atención a las palabras de su padre. Sin embargo, aquel día estuvo muy atento, pues le iban a permitir salir de su celda:

“Hijo mío” que era como aquel buen doctor siempre comenzaba las frases que dirigía a Augusto, lo que te hacía preguntarte si en aquella casa habitaban otros hijos que no fuesen propios, “le he contado a una doctora, buena amiga mía, tu problema con las Matemáticas y la Física. Su hija, que está en tu curso, es bastante buena en esas materia, así que ha aceptado en darte clases… siempre y cuando tú le des a ellas clases de Literatura y le enseñes a hacer comentarios de texto.”

“Necesitaré mis libros” dijo, armándose de valor y de esperanzas.

“De acuerdo, pero sólo los de poesía.”

“Y el Lazarillo.”

Hubo unos momentos de silencio hasta que, después de sopesarlo fríamente, aquel ex oficial claudicó: “Puede arreglarse.”

 

Lo hermoso de dar clases no era sólo el salir de casa rumbo a casa de una chica (el cuarto de Augusto era demasiado pequeño, y el salón se convertía en las mañanas en sala de espera), sino también el hecho de que aquella chica era preciosa, una quinceañera de pelito corto, rostro moreno y levemente pecoso, ojos verdes e intensos, cuerpo apenas cubierto por una blusa que trasparentaba y unos pantalones cortos. No obstante, mi amigo no tardó mucho en descubrir que aquella muchachita tenía un novio de veinte años, un guaperas universitario de pelito largo y cuerpo de gimnasio.

Lo bueno de los poetas es, afortunadamente, su convicción en que existen cosas más importantes que lo puramente físico y material. Sí, de acuerdo, aquel chaval tendría un cuerpo diez, una sonrisa vitaldent, un aire de machito rebelde enloquecedor y, por supuesto, un coche comprado por papá… y todo eso estaba muy bien, por supuesto que sí, pero Augusto sabía que en el fondo nada de aquello podía competir con su mayor talento: la poesía. Los poetas son, así mirado, un poco gilipollas, para qué vamos a engañarnos.

Durante tres días, nuestro héroe se embarcó en la difícil y épica tarea de escribir un poema de amor precioso. Uno que no pudiese ser confundido con una letra de carnaval, como ya le había ocurrido en una ocasión. Uno que hiciese que la muchacha se sintiese descrita, reflejada, inmortalizada. Y al final lo consiguió: compuso un poema excepcional (o eso me dijo él, puesto que no había e-mail y no pude leerlo). Y al día siguiente, como quien no quiere, se lo dejó metido en el libro de Literatura, jugándosela el todo por el todo, dejando que la poesía conquistara su corazón.

Al día siguiente, cuando Augusto llegó a casa de su amada, fue la madre la que abrió la puerta. Le informó de que la noche anterior su hija había salido, y algo que había comido (posiblemente whisky) le había sentado mal, por lo que ahora dormía. “Pero me ha dejado una cosa para ti. Espero que te guste, porque se llevó toda la tarde escribiéndola” y le entregó a mi amigo un par de folios, hermosamente escritos a mano. ¡Era la respuesta! ¿Pero qué diría? ¿Habría conseguido enamorarla, habría entendido el poema, se enfadaría aquel musculito a cuatro ruedas cuando aquella musa le dejara?

Apretó aquellas páginas contra su pecho, y no paró de correr hasta que llegó a su casa. Tranquilo, rodeado por sus recién recuperados poemarios, comenzó a leer:

 

Augusto:

 El poema que me dejaste en el libro es precioso. Ojalá los chicos hiciesen cosas así hoy día… ¡está lleno de ideas maravillosas! La verdad es que no sabía qué hacer, qué decirte, así que llamé a mi novio y le pedí que viniese a casa. Hemos hecho juntos el comentario de texto, aunque no nos ha quedado muy claro quién era el autor del texto: él cree que es Garcilaso, pero yo pienso que es Quevedo.

¡No seas duro corrigiéndomelo!

 

Augusto guardó entusiasmado aquella carta. Ciertamente no había conseguido a la chica, pero no todos los días tu rival hace un comentario de texto de uno de tus poemas, y desde luego no todos los días te comparan con dos de tus poetas favoritos.

2008-07-22 00:12 | 0 Comentarios


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