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NUESTRO PRIMER BAR

Aquel localucho había conocido tiempos mejores. Las paredes, que debían de haber sido azules en algún tiempo remoto, necesitaban con urgencia una capa de pintura. La barra parecía el cuerpo de una víctima de la inquisición, sajada de cortes y cuchilladas, unas diciendo “Lolo & Paqui”, otras mostrando pequeñas frases obscenas, algunas simplemente una partida del tres en raya que había quedado en tablas.

También el personal necesitaba una puesta al día. El portero estaba tan borracho, que habría sido incapaz de diferenciar unas botas de monta de unas chanclas de playa. El barman, uno calvo que aún así lucía una melena hasta los hombros, olía a sudor rancio, olvidaba limpiar los vasos, y ni siquiera conocía las marcas que te ponía. Había un DJ, bueno, por decirle algo a aquel pobre chico, tan joven como nosotros, poniendo la música sin ningún criterio, ahora una balada, ahora una de pachangueo, ahora una canción en directo de los Maiden.

No tengo ni idea de por qué íbamos a aquel lugar. Sin duda, los precios eran de lo más económicos. El billar, cuyo tapete más bien parecía un campo de golf, con elevaciones y depresiones que jalonaban el ancho y largo de la mesa, era uno de sus grandes atractivos. Que nos conocieran, que se supieran hasta nuestros nombres a base de ser los únicos clientes asiduos, era algo que nos llenaba de orgullo. Pero sin duda, lo que más nos llamaba de aquel lugar eran las películas porno. Todos los sábados, en los dos televisores que tenía el local, sintonizaban el Canal +, que a partir de la media noche ofrecía un desfile de silicona, leche en polvo y doblajes simplemente vergonzosos.

Es una pena que a las niñas no les gustase el local. El portero les decía bastonazos, el aliento del barman les daba asco, aunque nosotros insistíamos que todo era cuestión de acostumbrarse, y la música les mareaba. El porno decían que no les gustaba.

Pueden imaginarse lo esperpéntico que era aquel lugar. Y sin embargo, cuando un fin de semana volvimos sólo para descubrir que lo habían convertido en una freiduría de pescado, algo se quebró dentro de nosotros. Aquel era nuestro lugar, una especie de extensión de nosotros mismos. Desde entonces he estado en muchos bares, unos mejores que otros, algunos menos caros que otros, y sin embargo no he vuelto a sentirme tan cómodo como en aquella rasgada barra. Supongo que, al igual que con los amores, los primeros bares dejan huella.

2008-04-13 01:30 | 0 Comentarios


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