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LA SEMANA MÁS LARGA 9: EL JUEVES MÁS LARGO

Debo reconocer que era difícil hacerse una idea clara sobre don Gustavo.

Por un lado, era un caballero de los de antes, armado con gustos y costumbres pasadas de moda (¡el Cubano llevó pantalón corto hasta los 10 años!). Era amante de los toros, amigo del pacharán y el puro en la sobremesa. Sin duda era severo con su hijo, pero también cariñoso, comprensivo a ratos, simpático (aunque siempre distante) con nosotros.

Por otro lado, estaba engañando a su esposa, la madre de nuestro amigo. Puesto que llevaba todo el año con la excusa de trabajar viernes y sábados hasta muy tarde, era de suponer que no era un engaño fortuito, una cana al aire, sino una aventura en toda regla. Una aventura que ríete tú de las que jugábamos nosotros en las partidas de rol.

Tanto a Richi como a mí nos confundía aquel hombre. No podíamos pensar en él como en una mala persona, y sin embargo no podíamos dejar de odiarle por engañar a su familia.

 

El Cubano debía (merecía) saber la verdad. Sin embargo, Richi estuvo acertado al apuntar que no podíamos aparecer los dos a la vez y contarle lo ocurrido. Parecería (porque era cierto) que se lo había contado a Richi antes que a él. Era yo, que había pillado dos veces a su padre en pleno escarceo, decirle la verdad. Aún hoy me pregunto si Richi se preocupaba por darle a nuestro amigo la noticia de la forma menos dolorosa posible o si simplemente quería ahorrarse el mal rato de contarle la verdad.

Sin embargo, aquel jueves el Cubano tampoco vino a clase. Posiblemente estuviese enfermo (su manía de ir siempre en mangas de camisa se saldaba con catarros monumentales). Me sabía falta tener que ir a su casa y soltarle, en mitad de un constipado, que su padre tenía una amante. Sin embargo, no podía dejar que aquella semana interminable pasase sin que mi amigo supiera la verdad.

Así que pasé las horas de clase pensando en qué decirle, en cómo le haría menos daño la noticia. ¿Me creería o me tomaría por un mentiroso? Tal vez pensara que era una broma, un error, una desafortunada confusión… yo mismo quería creerlo, pero aquellos besos y aquellos magreos dejaban muy poco a la confusión.

 

Al acabar las clases, salí escopetado para la casa de mi amigo. Vivía a pocos minutos del colegio, en un bloque en la avenida principal de la ciudad (si te asomabas mucho al balcón, girando el cuello casi al punto de rompértelo, podías ver un poco de la arena de la playa, razón por la cual aquel piso hoy debe valer una millonada). Llamé al telefonillo y me lo cogió mi amigo, que se apresuró bajar.

Cuando apareció por la puerta, tenía el rostro cansado, los ojos náufragos en mitad de unas profundas ojeras. O estaba muy enfermo, o estaba muy cansado. Tal vez ambas cosas. Sin embargo, habló sin titubeo, sin ronquera, con perfecta claridad:

“Menos mal que has venido. Quería hablar con alguien.”

Dimos un paseo, y le conté lo que se había perdido: el asalto a Blanca, la persecución del Pecas (o de alguien que se le parecía), la odisea para salir del colegio. Las anécdotas que debían haberle provocado risa, simplemente le hacían sonreír apagadamente, como si todo de lo que le hablara fuera un viejo recuerdo, ya casi borrado, que apenas despierta emociones.

 

Acabamos sentados en la plaza del Árbol, rodeados de niños pequeños que correteaban bajo la no muy atenta vigilancia de sus madres, asediados por balones asesinos que continuamente amenazaban con impactarnos.

El humor de mi amigo no mejoraba, no sé si por la fiebre, por el cansancio o porque se acercaba la hora de comer. No podía retrasarme más.

“Quería comentarte una cosa de tu padre…”

Me miró con sorpresa, como si hubiese tocado un tema tabú. Luego se calmó, se relajó, sonrió con ese aire irónico que tanto enfadaba a nuestros profesores. Acabó diciendo:

“Mi padre se va de casa” así simple y contundente. Me quedé helado.

El Cubano comenzó a explicar, no a mí, sino a sí mismo, la marcha de su padre:

“Mis padres se casaron muy jóvenes. Creo que mi madre estaba embarazada, aunque mi padre siempre me dice que no. Llevaban mucho tiempo mal. Yo creo que se querían… que se quieren… pero desde luego no se aman.”

“Hay otra mujer” dije con toda la contundencia que pude.

Pero el Cubano no me entendió, o no me quiso entender, y creyó que le había formulado una pregunta:

“Creo que sí, que hay otra mujer. Pero a mí no me dicen nada. Sólo sé que unos amigos de mi madre le dijeron algo, que han tenido una pela, y que mi padre se va de casa.”

Don Gustavo no había sido nada discreto, y otra persona lo había visto acompañado de su amante. En ese momento, descubrí que a mi amigo le resbalaban lágrimas por los cachetes. Me alegré de no haber sido yo el culpable de sus lágrimas, de aquella pelea.

Di un abrazo a mi amigo, y agradecí que aquella horrible semana llegase a su fin.

2008-03-13 15:11 | 2 Comentarios


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Comentarios

1
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-03-13 15:13

¿Se acabó? ¡Ni hablar! Mañana encontraréis el epílogo que cierra esta historia, en el que descubriremos que el padre del Cubano era un clon de Spider-man.



2
De: zorron Fecha: 2008-03-13 18:57

jajaja al final saliste bien parado y todo!!

tuviste suerte de no ser tu el q se lo dijera



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