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LA SEMANA MÁS LARGA 4: SÁBADO DE DETECTIVES

¿Qué haces si tienes 15 años y descubres al padre de uno de tus mejores amigos con su amante?

Pasé la noche casi en vela. A poco que conciliaba el sueño, se me venía a la cabeza Don Gustavo, el padre del Cubano, dándose el lote con aquella desconocida. Eran sueños extraños, repetitivos. Unas veces le contaba a mi amigo lo que pasaba, y éste no quería creerme. En otras ocasiones, Don Gustavo me decía que todo había sido una broma, y yo le creía y me sentía tranquilo hasta que despertaba, y comprendía que aquel final feliz sólo había ocurrido en mis sueños. En uno de estos, aquella mujer me besaba (luego, al despertar, aquel sueño me avergonzó, como si yo también hubiese sido infiel a la familia de mi amigo). Algunas veces, el Cubano o su madre lloraban al escuchar la verdad de mis labios. Cada vez que despertaba, sentía más inquietud. ¿Qué debía hacer con aquella información?

En un caso hipotético, todos seremos sinceros y defenderemos la Verdad. Pero en el mundo real las cosas no eran tan simples, ni se admitían valores absolutos.

En primer lugar, podía haberme equivocado, podía haber visto a otra persona y confundirla en mitad de la noche. Era poco probable, pero quien sabe, podía ser. En segundo lugar, la madre de mi amigo tal vez lo sabía, en cuyo caso mi chivatazo sólo habría servido para sacar a relucir su frustración, para avergonzarla frente a un niño. Por último, ¿valía la pena hacer daño a mi amigo? Él admiraba a su padre como si de un Hércules se tratara. Todos sus altos valores, todos los ideales anticuados y añejos de mi amigo, esos que parecían de caballero andante, los había sacado de su padre. En algún momento, no obstante, parece que Don Gustavo había olvidado hablarle de la tradición de la concubina.

 

A lo largo de la mañana, mi padre sospechó que algo pasaba. Se me veía cansado, silencioso, ensimismado. Varias veces me preguntó qué me ocurría, si me había peleado con mis amigos, si tenía problemas en el colegio… De buena gana le habría contado lo que me pasaba, pero no podía. Los adultos no eran de fiar (¿acaso no lo había demostrado la conducta de Don Gustavo?), y no podía arriesgarme a que telefoneara a la madre de mi amigo.

 

Finalmente, me di cuenta de que por más vueltas que yo le diera, no se me iba a ocurrir nada. Necesitaba consejo de alguien. Así que, poco antes de la hora de comer, llamé a Richi. Sí, a Richi, al chico que para quitarle la depresión a Kike lo había amenazado con una pistola (de imitación, eso sí). Entenderán ustedes que aquello era una situación desesperada.

 

“¿Estás seguro? ¿No te habrás confundido?” me preguntó, muy serio, con ese tono de preocupación que adoptaba cuando el mundo no giraba acorde a sus expectativas.

“No… Tal vez… Ojalá… No lo creo.” En las novelas de detectives siempre decían que los recuerdos no eran fotografías, sino reconstrucciones de nuestra mente. Podíamos recordar perfectamente un cuadro, un color, a una persona, sólo para descubrir que nuestro cerebro nos había jugado una mala pasada. ¿No podía haberme pasado eso mismo? Quería creer que sí, pero en el fondo sabía que no era posible, que había visto lo que había visto.

“Tenemos que asegurarnos. No podemos hacer algo hasta que nos aseguremos.” concluyó.

 

Lo divertido de Richi, la razón por la que yo lo consideraba diferente a cuantos conocía, era la naturalidad con la que tomaba decisiones absurdas. No se movía por la razón, ni acorde a las convenciones, sino impulsado por lo que él consideraba como “lo correcto”.

“Lo correcto” nos llevó a esperar debajo del hostalucho donde el día anterior había visto a Don Gustavo. “Lo correcto” nos llevó a meterle una pedrada a una farola, a eso de las 10 de la noche, para sumergirnos en sombras y evitar que el padre de nuestro amigo nos descubriera. “Lo correcto” nos hizo, en definitiva, chupar frío durante dos horas y media.

Debían ser ya casi la una de la mañana, y de no ser por el dichoso viento de poniente que me hacía moquear y tiritar, me habría quedado dormido hacía un buen rato. ¡Que tedio!

“Estamos haciendo el tonto” acabé diciéndole a mi compañero de espionaje. “Seguramente estará en otro hotel, y eso si no se ha quedado en casa.”

“No, si no te has confundido, volverá a aparecer” afirmó. “Lleva un año trabajando viernes y sábados. Ya no es tan precavido: sabe que no le han pillado, se cree muy listo, y querrá evitar el fastidio continuo de buscar hoteles. Por eso siempre se pilla a los mentirosos, porque cometen un error cuando se confían.”

Miré atónito a mi amigo. No sé si un reguero de luz le permitió ver mi cara de sorpresa, o si la intuyó por mi silencio. Acabó explicándome. “Mi padre es peor que Perry Mason, siempre te acaba pillando si le mientes o si te escaqueas de clase. Uno aprende mucho a base de ser pillado y castigado.”

 

Debían de ser la una en punto, y yo pensaba ya en marcharme. No es que mis padres fuesen muy estrictos con el toque de queda, pero no les había dicho ni tan siquiera a dónde iba.

Justo cuando abrí la boca para decir “Vale, me equivoqué, no era él”, Don Gustavo y su amante aparecieron por la calle, acaramelados como la última vez que los vi. Ambos entraron en el hostal, inconscientes de que les espiábamos.

“Es él” confirmó Richi. “¿Qué hacemos ahora?

2008-03-08 10:10 | 4 Comentarios


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Comentarios

1
De: drásvola Fecha: 2008-03-08 10:21

The plot thickens...



2
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-03-08 14:57

Es que en Cádiz todo se acaba sabiendo antes o después...



3
De: blue violet Fecha: 2008-03-09 21:53

Un amigo mio dice que en Cádiz siempre hay alguien asomado a una ventana, sea la hora que sea...



4
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-03-09 22:58

Y en verano siempre hay un grupo de señoras jugando a la lotería en plena calle. Es pintoresco, ciertamente.



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