Inicio > Historias > LA SEMANA MÁS LARGA 3: LA SORPRESA DEL VIERNES NOCHE

LA SEMANA MÁS LARGA 3: LA SORPRESA DEL VIERNES NOCHE

Cada jugador debía encargarse de traer y cuidar su propia hoja de personaje. En ella venían apuntadas todas las cosas que debía saber para jugar. El director de juego, el que narraba la historia, solía ir bastante más cargado: unos libros con reglas, una gran cantidad de folios que describían detalladamente la partida que se iba a jugar, y algunas veces incluso imágenes (no muchas, pues Internet aún no nos ofrecía la posibilidad de acceder a infinitas fotografías) para ambientarnos mejor. Un puñado de dados, claro está, y algunos lápices y gomas. Era todo lo que nos hacía falta para jugar al rol. Era barato, era divertido… pero sobre todo nos era necesario.

¿Qué habría sido de nuestra adolescencia sin los juegos de rol? No eran sólo una forma de ocio, eran también una forma de vida, o al menos de supervivencia. El mundo adulto podía dejarnos de lado, nuestros padres podían mirarnos como a alienígenas (sin duda lo éramos para ellos), el colegio podía irnos fatal e incluso podíamos sufrir bulling (que por aquel entonces no se llamaba bulling, vaya gilipollez de neologismo, sino “que te den por culo los mafiosos de la clase”). Pero todo eso daba igual, porque los viernes por la tarde nos reuníamos todos los amigos y, mientras bebíamos refrescos y comíamos patatas, nuestra imaginación volaba convirtiéndonos en héroes de lejanas tierras, en conquistadores de nuevos mundos, en defensores de la justicia o destructores del orden establecido. No nos gustaba este mundo, así que soñábamos con otros en compañía de nuestros amigos.

 

De todos nuestros familiares, sólo la madre del Cubano parecía sentir cierta simpatía hacia nuestra afición. Tal vez prefería que su niño fantaseara con descubrir universos distantes a que se sumergiera demasiado en el mundo cercano y real. Ya fuera por alejar a su hijo del botellón, ya fuera porque simpatizaba con nuestro hobby, la buena mujer (¿Paqui se llamaba?) nos aceptaba encantada en su casa.

¡Menuda casa la del Cubano! Aunque antigua, era increíble. Grande y tenuemente iluminada, sus amplias habitaciones estaban empachadas con retratos familiares, recuerdos de mil y un viajes veraniegos, muñecas de porcelana y pipas coleccionables. Sentado en aquellos vetustos sofás, uno tenía la sensación de estar en mitad del decorado de alguna película antigua, y tenías la sensación de que en cualquier momento entrarían por la puerta un Bogart con cara de pocos amigos o una irresistible Marlen Dietrich. Aquella casa era, ya se imaginan ustedes, ideal para jugar al rol.

Las dos únicas reglas de la casa consistían en no formar demasiado escándalo - no fuera a ser que protestasen los vecinos - y levantar el campamento en cuanto llegara el padre del Cubano. Por suerte casi nunca teníamos problemas con aquella segunda regla, pues Don Gustavo, que era más antiguo que un billete con la efigie de Pemán, tenía la (para nosotros) agradable costumbre de quedarse viernes y sábados hasta las tantas de la madrugada en la oficina. Era (y supongo que seguirá siendo, si no se ha jubilado ya) contable, dedicado en cuerpo y alma a su trabajo.

 

Aquel viernes la partida acabó más pronto de lo usual. Creo que alguien tenía que preparar un examen, al menos yo tenía que preparar la dicha redacción para la Pitu contando “Quién soy yo”, y las malas notas habían provocado que Alvarito tuviese un renovado toque de queda.

Richi y el Cubano se quedaron fumando un cigarrillo en la plaza del Árbol. Alvarito y Kike se fueron rumbo al casco antiguo. Carbonell y Augusto se iban a pasar por una peña a buscar a la hermana del primero, intuyo que buscando una invitación. Total, que me volví sólo a casa a las doce de la noche. Como por aquella zona no había ni bares, ni hoteles ni nada de nada, sólo casas y más casas, la calle estaba vacía, como si se hubiese acabado el mundo y nadie se hubiese acordado de decírmelo. ¡Menudo canguelo daba!

Sí, sí, ustedes ríanse de mi miedo, pero era como para no tenerlo. En la prensa no dejaban de bombardear con un macarra de medio pelo llamado el Pecas. Era un pobre enganchado, carne de reformatorio, cuyos atracos esmirriosos (veinte duros aquí, doscientas pesetas allá) habían sido magnificados por la prensa local hasta tal punto que casi parecían las hazañas de Curro Jiménez.

Pero yo tenía mi truco para volver sano y salvo a casa: coger por la calle del cementerio. Desolada, rodeada por edificios vacíos, habitada por cucarachas famélicas, ratas enclenques y gatos gozosos, aquel rincón perdido de la ciudad resultaba poco acogedor, más aún si tenemos en cuenta que la mitad de las farolas estaban fundidas y apenas se veía nada. Pero a mí me parecía el lugar más seguro del mundo, pues estando todo tan apartado y desierto, imaginaba que ningún atracador se apostaría por la zona, sino que preferiría una zona por la que pasara más gente. O tuve mucha suerte o estuve en lo cierto, porque durante toda mi adolescencia pasé por allí sin tener que afrontar más peligros que las gordas cucarachas.

Al doblar una esquina, la del hostal que había aledaña al cementerio, escuché un ruido parecido a un golpe. Me giré algo asustado, claro: “¡El Pecas me ha encontrado!”, pensé. Pero no, que va, no era más que una pareja algo madura que se besaba y se metía mano sobre el capó de un coche. Los amantes también debieron de asustarse al ver una figura delgada y alargada en mitad de las sombras. Ella susurró algo, pero él la tranquilizó diciendo: “Sólo es un chaval”, aunque no debía de estar muy seguro, porque la apretó muy fuerte contra su cuerpo y entraron deprisa en el hostal.

Aquello debía haber sido una simple anécdota, un susto tontorrón, pero fue algo mucho más grave, mucho más importante. Y es que, aunque desconocía quien era aquella mujer, no me quedaba duda alguna de que aquel hombre que había entrado en el hotel era Don Gustavo, el padre del Cubano.

2008-03-07 00:15 | 2 Comentarios


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Comentarios

1
De: drásvola Fecha: 2008-03-07 09:43

Era su particular juego de rol...



2
De: Jaberwocky Fecha: 2008-03-07 11:28

ya me sonaba a mi raro eso de que trabajase hasta las tantas de la madrugada...



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