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LA PITUFA DE LITERATURA

Nuestra profesora de Lengua y Literatura era una mujer un poco… peculiar. Tenía aire de profesora antigua, de esas que tus padres y los míos nos contaban que pegaban reglazos a diestro y siniestro; tal vez fuera porque era muy bajita, ya entrada en años, y ese aire serio le ayudaba a conseguir, si no el respeto, al menos sí el silencio de los alumnos. Por desgracia para nosotros, no era la regla, sino su afilada lengua la que usaba para castigar a los alumnos. Así, a la menor pamplina que hicieras, un comentario ingenioso provocaba que todos los compañeros te mirasen y estallasen en risas, quedando tú en ridículo.

Ella sabía que la llamábamos la Pitu (de Pitufa), pero no le importaba lo más mínimo. Conocía bien a los alumnos y sabía que algunas cosas eran inevitables. Sabía, por ejemplo, que casi nadie leía por gusto, que muy poca gente escribía si no era para hacer un examen o tomar apuntes, que nadie veía más cine que el comercial ni escuchaba más música que la importada. Sabía también, y es que era perra vieja en el oficio, que a los alumnos no sólo se les puede motivar con buenas palabras y consejos piadosos, así que aceptó gustosa convertir sus clases (al menos en parte) en un mercadillo donde la cultura se pagaba con subidas de medios puntos.

Así, si le llevabas un corto que tú mismo habías hecho, un poema o un cuento, o te plantabas con tu guitarra y le cantabas aquello tan bonito de “Andaluces de Jaén” (o lo que quisieras), tu nota mejoraba. Si le hacías la reseña de un libro o de una película, tu nota también mejoraba. Y así, ante el pasotismo de unos cuantos y la implicación de otros pocos, las clases se convirtieron en un divertidísimo espectáculo de vodevil donde a la explicación de los tiempos verbales o de “El Lazarillo” podía perfectamente seguir una obrita teatral de diez minutos, una canción protesta o un corto surrealista (no porque los autores fuesen amantes de Breton, claro, sino porque los medios eran tan pobres que al final lo absurdo y lo genial se mezclaban en cada escena).

Yo, obviamente, era de los que pasaba de participar. Si hubiera sabido dibujar, habría hecho un cómic. Si hubiera tenido una videocámara, un corto. Si hubiera sido un amante del carnaval o tuviera mi propio grupo, me habría puesto a cantar. Escribir sabía, claro, pero sólo escribía para mí. Cuando el día había sido un coñazo, cuando aquella compañera de clase que amaba en silencio me ignoraba, o cuando mis padres no me entendían, me encerraba en mi cuarto con un par de folios y escribía, con letra muy apretada, todo aquello que sentía. Y lo escribía sin puntos y sin comas, sin tildes, sin que hubiera un principio ni un final. Lo escribía porque así aquellos sentimientos ya no estaban dentro de mí, sino en el papel, y un papel puede romperse, olvidarse o encerrarse en un cajón, sin que nunca más vuelva a molestarte.

La Pitu siempre me preguntaba, al pasar junto a mi mesa, si tenía algo. Yo siempre le respondía que no. Los superclases de la clase, por el contrario, tenían montones de cuentos, reseñas y hasta obritas de teatro esperando para ser entregadas.

Un día, mientras pasaba, se me cayó al suelo un folio doblado donde tenía escrita una partida de rol. No era nada del otro mundo, más bien al contrario, un pastiche lleno de ideas para una aventura:

“Los personajes llegan a la ciudad a investigar la muerte de un amigo, pero alguien ha robado el cuerpo de la morgue. La investigación les hace entrevistarse con Fulano, que es así y asá, con Mengano, que es de tal y cual manera, y con Lady Zutana, que es tal que cual.”

Me agachaba a recoger aquel papel, escrito con esa letra apretada mía, cuando la Pitu saltó sobre la cuartilla como si en lugar de una profesora fuera una rapaz, y mi texto una presa desguarecida. Lo agarró entre sus manos y se lo llevó, guardándolo para leerlo luego. Me maldije por ser tan ególatra como para firmar con mi nombre las partidas de rol que escribía.

Al día siguiente se me acercó a la mesa, me dejó el folio sobre el pupitre y, atónito, descubrí que me había subido no medio punto, ¡sino un punto entero!

“Sigue escribiendo” me dijo quedamente, y siguió su ronda recogiendo relatos y cuentos que sin duda eran mejores que el mío, pero cuyos escritores no necesitaban tan desesperadamente como yo motivarse.

Funcionó, claro está. Aquí sigo aporreando teclados.

2008-01-08 06:55 | 5 Comentarios


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Comentarios

1
De: Kitty Fecha: 2008-01-09 00:27

Pues algunos le debemos bastante a esa señora entonces



2
De: Javier Albizu Fecha: 2008-01-09 09:19

Es lo que tienen los buenos profesores.
Yo siempre odie la historia y el lenguaje hasta que me toco el "Pastor" (Pastor era su apellido, pero la verdad es que le iba al pelo)
Este señor era como el Robin Williams del club de los poetas muertos, pero sin sobreactuar ni resultar cargante.
En los examenes se ponia a dibujar en la pizarra (por lo general a el mismo con boina y su cigarrico, rodeado de obejas) y en clase tan pronto te contaba una historieta, como se te daba la espalda para, a continuacion darse la vuelta con la mano metida entre los botones de la camisa y decirnos "Hola, soy Napoleon, preguntadme lo que querais sobre mi dias sobre este mundo"
Un gran hombre aquel Pastor.



3
De: Vir Fecha: 2008-01-23 23:19

Ya he descubierto tu blog jejeje me verás más por aquí.... Pues ´tu porfe se parece a la mía d historia y bueno..... quizás por eso soy yo ahora de las que la lían explicando en clase como si contara una peli jeje



4
De: kela Fecha: 2008-04-12 21:27

Bienaventurados aquellos profesores que saben cómo motivar. Quizás algún día me expliques cómo hiciste para no dejar de escribir.Yo, en cambio, nunca necesité de esa motivación, tras años de escribir "con letra apretada", dejé de hacerlo el día que aprendí la lección más dura que me ha dado la vida: la resignación.



5
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-04-12 21:55

¿Resignación? Uy, si yo nunca he escrito bien, ni he ganado ningún premio. Simplemente me gusta escribir, me relaja, supongo que en cierta forma lo necesito para ordenar mis ideas.
Empecé este blog pensando que, si no lo leía nadie, al menos me valdría para practicar. Sin embargo, ya ves, siempre hay gente que se lo pasa bien con lo que haces.
¡Nada de resignarse! Tal vez nunca ganemos una fortuna escribiendo, pero aun así siempre podremos disfrutar contando historias.



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