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FRÍO Y ALCOHOL SON MALA CONVINACIÓN

Uno sabe que el verano se ha acabado no cuando cae la primera lluvia, ni cuando da su primera clase. No señores, uno sabe que el verano se ha desvanecido cuando un profesor (cualquiera vale) le entrega su primer examen suspenso.

El monumental cero que Richi sostenía en sus manos era, qué duda cabe, un claro recordatorio de que de aquel maravilloso verano ya no quedaba nada. Pero no se crean ustedes, que la culpa no era de mi amigo, ni mucho menos:

“¡Os juro que dijo que los Bichigordos (vulgo: visigodos) eran africanos!”

Desgraciadamente, el insolidario aprobado del resto de la clase no apoyaba aquella teoría.

Para animar a Richi decidimos hacerle una “fiesta de suspenso”. Eso consistía, hablando en plata, en cogerse una curda monumental, de esas que te dejan con los ojos vueltos hacia atrás, y así olvidar el mal rato del suspenso. Lo curioso de este tipo de fiesta es que no sólo acuden los suspendidos, sino también sus amigos y aquellos que, habiendo aprobado incluso con buenas notas, tienen ganas de olvidar todo lo aprendido para el examen (pues como todo sabemos, los discos duros tienen una capacidad limitada de almacenamiento, y no es cuestión de sobrepasarla).

Como no teníamos casas libres, decidimos hacer la susodicha fiesta en la playa, cada uno llevando lo que buenamente pudiera conseguir. Joaquín y yo, que para estas cosas éramos muy coordinados, conseguimos tres litros de cerveza, un montón de patatas de la marca “Número 1” (también tenían cereales, leche y preservativos, pero esa vez no los compramos) y una caja de puros que habíamos sisado al abuelo de Joaquín (no era un robo, era una oportunidad para que aquel señor dejase el tabaco). Kike y Alvarito llevaron una botella de whisky barato, una lata de pepsi y un cuarto de salchichón. Al Cubano, que todavía le vigilaban a santo de la tajá que se había cogido aquel verano, se llevó una amplia gama de refrescos. Y finalmente vino Weber, que se trajo una botella de ginebra enterita, y además de litro; al parecer la había comprado aquel verano en Gibraltar, tirada de precio, y estaba esperando una ocasión especial para abrirla.

¡Joder, qué frío hacía aquella noche! Llevábamos jerséis y sudaderas, alguno incluso un chaquetón, pero aquella horrible humedad nocturna calaba hasta lo más profundo. Al frío se sumaba un hambre inhumana, que no pudieron saciar ni las patatas ni el cuarto de salchichón. Sólo el alcohol, calentorro, mezclado medio a ciegas con refresco (en aquel entonces la playa no contaba con el maravilloso sistema de focos antiparejas que hoy disfrutamos) nos ofrecía algo de calor.

Yo no sé si Richi era muy friolero o tenía una gran necesidad de olvidar, pero empezó a beber como si le fuese la vida en ello. A la cerveza siguió el whisky malo, y luego la ginebra, y ahora un puro, y ahora un poco más de whisky, y entonces… bueno, ustedes ya me entienden.

Cuando ya faltaba poco para que se cumpliera el toque de queda que nuestros padres nos imponían, Richi levantó la mano, tal vez creyendo que estaba en clase, y pidió hablar:

“Mi familia…” comenzó a decir, vacilante “…no me entiende…” No era nada nuevo para nosotros, ¿qué adolescente se siente comprendido por sus padres? “¡Sois los mejores!”

Ante aquellas palabras, todos levantamos los vasos de plástico para brindar. Todos menos Richi, que se quedó mirando al vacío. Alguien, creo que Alvarito, le preguntó si se encontraba bien. Como única respuesta, Richi cayó cual peso muerto, con la cabeza aplastada contra la arena, totalmente inconsciente por culpa del exceso de alcohol.

Richi era bastante robusto, así que tuvimos que agarrarlo entre varios y cargarlo hacia su casa. Supongo que lo más sensato habría sido llevarle a urgencias, que de hecho estaba allí al lado; pero como nos daba miedo meternos en un lío, al final lo llevamos hasta casa. Tuvimos suerte, la verdad: sus padres estaban acostados y logramos entrar sin hacer demasiado ruido. Pero como Richi pesaba, éramos una patulea de gente y encima a Kike le estaba entrando la risa floja, no nos atrevimos a serpentear por aquellos pasillos hasta llegar a su cuarto. La opción más cómoda y silenciosa resultó dejarle tumbado en un sofá del salón, y que ya se las apañara.

A diferencia del Cubano, la historia acabó bastante bien: sus padres no se dieron cuenta de nada, Richi recuperó la compostura y se metió sólo en la cama. El único percance significativo fue que al día siguiente sufrió una resaca tremenda.

Sin embargo, Richi nunca llegó a admitir que se emborrachara. De hecho, hasta donde sé, todavía sigue afirmando que:

“Alguno de vosotros, que andaría borracho perdido, me dio un golpe a la cabeza a traición y me noqueó. ¡Menudo dolor de cabeza me dejó el porrazo que me dió!”

Una teoría conspiratoria más elaborada que la de los Bichigordos, no cabe duda.

2007-10-19 12:01 | 3 Comentarios


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Comentarios

1
De: Jaberwockian rhapsody Fecha: 2007-10-19 14:44

Como pudisteir golpearlo a traición, seguro que no os había hecho nada malo xD



2
De: francesc Fecha: 2007-10-20 19:14

quita quita... de la que se libró, solo fue un golpe... nada de dispararle con la pistola de mistos...

no???



3
De: David Saltares Fecha: 2007-10-21 22:32

Claro, que fácil es negarlo cuando no se acuerda uno de nada jejeje. Como siempre simpáticas historias aunque inquietantes xD.
Saludos.



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