Inicio > Historias > ¿Y TÚ QUE HICISTE EN LA GUERRA, ABUELITO?

¿Y TÚ QUE HICISTE EN LA GUERRA, ABUELITO?

Mi familia no perdió ni ganó la guerra civil española, simplemente la luchó.

Los países civilizados invaden otros países para llevarles el progreso (la cultura, la democracia, la libertad), y en el proceso desangrar el país invadido. Eso genera lo que se llama riqueza, trabajo y estado de bienestar en general: los soldados vuelven con un rico botín a casa, mientras políticos y generales se quedan con las tierras y las fábricas que más les interesen. Eso, ya digo, lo hacen los países civilizados.

En 1936, España no era demasiado civilizada, así que la guerra no fue más allá de sus fronteras. Poco botín hay cuando es tu propio barrio el que patrullas, y pocas ganas de enriquecerte te deben de quedar cuando es a tu vecino al que escoltas en el furgón blindado.

Mi abuelo, Joaquín se llamaba, era el mediano de tres hermanos. Estaba haciendo la mili en Canarias cuando de repente empezaron a hacer maniobras, a apostarse en edificios, a ir de arriba para abajo sin saber muy bien qué pasaba. En un momento estaban en Marruecos, unos días después unas barcazas les trasportaban a Cádiz.

Luego a volver a moverse, apenas unas horas para ver a la novia, medio a escondidas, y para darle una carta a la madre, otra a los hermanos. Después a seguir la marcha, hacia Extremadura primero, rumbo a Madrid después, y luego marcha atrás.

Un día llega una carta al comandante. Mi abuelo es hombre de orden, dice la susodicha, y se ha preparado los estudios para contable. La carta podría haber dicho que era malabarista: es la firma de quien la escribe – alguien importante – la que hace que, apenas dos horas después, mi abuelo trabaje en intendencia. No volvió a ver una sola bala pasarle de cerca.

El hermano de mi abuelo, el mayor, se llamaba Curro. Tenía un negocio de no sé que cosa, con muchos clientes alemanes. El negocio no importaba un comino para la guerra, pero saber alemán era útil, sobre todo cuando empezaron a llegar aviones italianos y germanos cargados con los regulares marroquíes.

Curro era intérprete, bien parecido y simulaba ser hombre de clase alta. De hecho, lo había sido. Aunque mi bisabuelo se bebió la vieja fortuna caciquil, y lo que no calló por su garganta vino a caer sobre el tapete de juego, no faltó nunca un buen plato de comida sobre la mesa, ni dinero o favores para meter a los chicos en San Felipe Neri a estudiar.

En su trabajo diario, este tío-abuelo mío conoció a una joven alemana que trabajaba de secretaria para no se quién. En las fotos que he visto, que por otra parte han sido muy pocas, se me antoja una mujer hermosa y delgada, quizás muy moderna para su tiempo, lo que sin lugar a dudas debió de ejercer mucha influencia en que Curro decidiera acercarse a ella y dejar de lado a las polluelas aburridas que lo solían rodear.

Vete tú a saber quien era el jefe de aquella bella prusiana, que de una carta logró pasar a mi abuelo de la columna a la retaguardia, donde se hartó de comer plátanos y leche condensada. Eso fue lo más cerca que estuvo mi familia de "ganar" la guerra.

El hermano pequeño de mi abuelo, cuyo nombre ya no recuerdo, tal vez fuera Antonio, era todavía un crío. Leía el diario y se enorgullecía de las victorias del ejército donde su hermano luchaba. Quería alistarse enseguida para vivir las mil y una aventuras que sólo la mente de un joven o de un adulto criado con propaganda puede pensar que existen en la guerra.

Mi familia no ganó la guerra, hizo algo mucho más triste: se alimentó de la carroña que dejó la matanza.

Curro rápidamente se benefició de su experiencia como traductor, más escrito que hablado por lo que recuerdo haber oído, y logró reunir un pequeño capital a base de trabajar en tal o cual empresa que suministraba mercancías a Alemania. Aunque nunca lo han dicho abiertamente, algún rumor me ha llegado que mi tío-abuelo le sacaba más beneficios al estraperlo que conseguía comerciando productos alemanes en el mercado negro; cuando la guerra estalló en Alemania, el suministro debió de ir cortándose, porque cambió su oficio y se hizo agente de seguros. También se casó con Tante, como se llamaba aquella atractiva alemana – o así la llamábamos nosotros cincuenta años después –, y como no tuvo hijos fue padrino de todos sus sobrinos. De hecho, yo le llamé Padrino Curro hasta el mismo día de su muerte.

Joaquín, mi abuelo, consiguió una plaza en el Banco Español de Crédito. Había mucha gente trabajando allí, y una larga lista de espera para poder entrar siquiera como botones… pero entre purgas a masones, sindicalistas, socialistas y anarquistas, y vendettas personales, la lista quedó bastante corta. La experiencia en la intendencia hizo que mi abuelo entrase como botones al día siguiente de licenciarse. Para algunos un trabajo de botones después de tres años de guerra, doce horas al día, es un mísero botín de guerra. Para mi abuelo, aquel banco significó un trabajo seguro para el resto de sus días y, una vez reconvertido en Banesto, también fue un trabajo para toda la vida de su hijo, mi padre.

Antonio tuvo una vida más ajetreada. Se metió en la enseñanza, estuvo en algún sindicato ilegal, compraba libros prohibidos, no para leerlos, sino para esconderlos en lo más hondo de su casa y enseñarlos a los amigos más íntimos cual tesoro pirata. Supongo que el ardor guerrero y patriótico se le mitigó con el hambre y la posguerra. No es que pasara hambre, ciertamente, pero cuando su hermana – no queda ninguna foto de ella, y hoy temo que sólo yo sé que existió – tuvo apendicitis y no la pudieron salvar porque no había penicilina, sintió de cerca lo que era la escasez.

¿Y después de la guerra? ¿Y después del hambre?

A misa los domingos, al fútbol por la tarde, algún día a ver los toros. Pagar impuestos, callar las ideas, cobrar una mierda hasta que el patrón decidiera ascenderte. Incluso para Curro, trabajar menos de 12 o 14 horas era un lujo que no se podían permitir.

¿Qué hiciste en la guerra, abuelito?

Sobrevivir. Sobrevivir a las balas y a las purgas ideológicas. Y luego sobrevivir comprando en el mercado negro cuando hacía falta algo, echando más horas que un reloj de lunes a sábado, viendo a tu mujer parir hijos sin saber si otra guerra les mandaría a luchar lejos o cerca (y varias veces se temió lo peor, con la independencia marroquí y con las luchas armadas en el Sahara).
Sobrevivir, viendo carteles de 25 años de paz. Tragando silencio. Leyendo libros que no son los que quieres leer. Viendo películas que no dicen lo que los guionistas de Hollywood escribieron en origen. Paz, mucha paz, y el recuerdo del cadáver de tu vecino, que un día encontraste tiroteado en la plaza de toros. Paz, muchísima paz.

2007-10-03 21:20 | 5 Comentarios


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Comentarios

1
De: Jose Joaquin Fecha: 2007-10-03 21:22

Este relato biográfico se publicó por primera vez en la revista Ubi Sunt? #20. Creo que también hay alguna asociación dedicada a la recuperación de la Memoria Histórico que lo tiene colgado en su web.

No obstante sólo es una historia. Hubo muchas, y no todas tienen por qué haber sido idénticas.



2
De: Jaberwocky Fecha: 2007-10-03 22:43

A mi abuelo estuvieron a punto de mandarlo a la guerra, con los sublevados, pero mi bisabuela trabajaba limpiando la casa de no se qué general y consiguió que quitaran a mi abuelo de en medio. Al que mandaron en su lugar murió. No se si alegrarme o deprimirme.



3
De: Zifra Fecha: 2007-10-03 22:49

Tante es tita en alemán



4
De: Jose Joaquin Fecha: 2007-10-03 22:56

La leche, todos (mi padre y mis tíos) creíamos que ese era su nombre.



5
De: David Saltares Fecha: 2007-10-03 23:11

Interesante historia como otras tantas que habrá sobre la guerra. Todas o casi todas tristes tragedias...
Recuerdo que mi abuelo me dijo que tenía que presencia los fusilamientos en Cádiz cuando estuvo en el ejército.
Saludos.



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