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EL PROFESOR

A los 13 años, mi madre me metió en clases particulares de TODO, no fuese a ser que me descuidara y repitiese curso. Y no sé yo de dónde sacó la dirección de aquel profesor, que lo mismo te hacía una ecuación que te analizaba una frase, lo mismo te decía de qué estaba hecho el ácido sulfúrico que te situaba los picos más altos de Europa, pero resultó ser todo un personaje.

Se llamaba Miguel, y aunque lo recuerdo muy alto y mayor, debía de rondar los treinta y pocos años. Tenía el cabello largo (pero no melena) y descuidado, como si el levante le hubiese sorprendido ante el espejo; sus ojos, grandes, inquisitivos, estaban perpetuamente enrojecidos, como si estuviese al borde del llanto, y poseían un color azul desteñido y opaco. Vestía impecablemente, como un personaje de esas películas antiguas que, para ponerse cómodos en casa, se ponían en camisa y chaqueta. En su casa solo percibías el olor de dos cosas, el del whisky barato y el de los libros antiguos.

Mi compañero de clase, David, insistía en que aquel hombre sólo tenía dos hobbies: el empinar el codo con una botella y el clavarlos ante un libro. Y puede que tuviese razón, porque aquel hombre era, ya les digo, una enciclopedia andante que, sin pedantería ni altiveces, te respondía hasta la pregunta más rebuscada que pudieses hacerle. Además, respondía con una naturalidad que asustaba, como si en vez de las consecuencias de la desamortización o los gases nobles de la tabla periódica le hubieses preguntado a qué hora echaban el Madrid-Barça.

Hace casi década y media que no veo a Miguel. Tal vez, si me lo encontrase hoy, aquel pozo de sapiencia me pareciese vulgar memoria, las mismas lecciones repetidas una y otra vez según pasan los años. Posiblemente, de no haber dejado de beber, seguiría pareciéndome muy mayor, aunque ya no tan alto, tal vez incluso bajito. Pero a pesar de todo, seguiría admirando a aquel hombre que vivía rodeado de papel impreso, con aquella televisión apilada al fondo de la salita, siempre muda, siempre apagada. Su humildad, su confianza a la hora de responder a cualquier pregunta, hicieron que por primera vez envidiase a un profesor, no porque tuviese en su poder el castigarme o suspenderme (el bueno de Miguel no lo habría hecho, aunque hubiese estado en su mano), sino porque sabía tanto, tantísimo, que uno tenía la sensación de que se estaba perdiendo algo. Por supuesto, todavía llevo encima esa sensación.

2007-09-25 00:08 | 1 Comentarios


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Comentarios

1
De: David Saltares Fecha: 2007-09-25 13:03

De vez en cuando uno conoce a un profesor que sabe de todo, de TODO absolutamente y eso le marca.
Algunos son geniales.
Saludos.



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