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AMORES DE VERANO

Aún recuerdo la plaza del árbol tal y como era hace unos años, con su cemento desgarrado por el paso del tiempo y las raíces, con sus madres (hasta no hace mucho niñas) empujando carritos y sus parados de mirada perdida. Cada mañana, al acabar las clases de verano en el colegio, nos reuníamos allí; allí, donde la mejor inversión del día era un litro de cerveza, donde el humo del tabaco no olía a tabaco.

El lugar, aunque decrépito y escondido, era nuestro paraíso veraniego. Por allí no pasaban nuestros padres, ni ninguna otra persona de orden que nos malmirara cuando encendíamos un pitillo o abríamos una litrona. En aquel lugar todos éramos adolescentes, unos de 15 años y otros de 40, pero adolescentes a fin de cuentas. Los árboles eran altos y se estaba fresco aún al medio día. Allí no pasaba el tiempo, tan sólo los años.

Pero había una razón más para ir a la plaza del árbol, una razón de voz dulce, largas piernas morenas y lunar junto a los labios. Allí era donde Macu pasaba las mañanas, componiendo alguna canción y empalmando los cigarros, víctima de un aburrido verano sin suspensos.

Todos estábamos enamorados de Macu. No era sólo una chica atractiva, divertida y con cierto toque de misterio, sino que también era la única chica de nuestra edad que nos hacía caso. Sí, en la pandilla salíamos con otras niñas, apenas unos meses o un par de año más pequeñas, pero no pensábamos en ellas como mujeres, sino como pequeños incordios que nos seguían a todas partes. A los 15 años unos meses más o menos pueden marcar una gran diferencia, no os quepa duda.

Algunos amábamos a Macu en la distancia, como una fantasía que sabíamos que se disolvería si nos acercábamos demasiado. Otros la querían más carnalmente, pegándose a ella cuanto tiempo fuera posible, tocándole un hombro o la espalda cada vez que tenían una excusa, como si quisiesen comprobar que aquella chica era real, no un espejismo.

El único que rehuía a aquella musa era el Cubano. Tímido, inseguro, aún castigado por aquella borrachera de principio de verano, nuestro amigo temía que Macu se riese de él si llegaba a conocer sus sentimientos. Y no es que el chico fuese feo, ni antipático, ni nada por el estilo… simplemente que a los 15 años (al menos en aquel entonces) las mujeres son algo entre mágico y mítico, objeto de miedos y deseos.

Una tarde, el Cubano no fue a comer a casa. Estaba cansado de las interminables clases, de sus padres diciéndole que estudiase más horas, más días, con más ganas. Se fue del tirón a la plaza del árbol, se puso algo de Extremo Duro y se comió un bocadillo de los que hacía la Maru, famosa almacenera ya jubilada.

Llevaba un rato allí tumbado, todo un banco para él, cuando apareció Macu. Aquella tarde no ensayaban, vaya usted a saber porqué. Se sentó junto al Cubano, mirándole en silencio, hasta que éste entreabrió los ojos y vio a la chica mirándolo, sonriente. La primera reacción del Cubano fue huir, claro, correr y escapar antes de que ella viese algo de él que no le gustaba, y pensase que era idiota. Pero ella empezó a charlar, y le pareció que no había escapatoria posible.

Sólo pasado un rato, cuando vio que Macu se reía con tal idea o le daba la razón a tal otra, el Cubano se comenzó a sentir más seguro. Poco a poco dejó de sentirse un idiota y comenzó a disfrutar de la conversación, de conocer a Macu, de aquel vínculo que por primera vez forjaba con alguien.

Durante una semana, apenas vimos al Cubano… ni a Macu. Una tarde, en aquella misma plaza, nos confesaron que estaban juntos. Pero no juntos de uno al lado del otro, como entendió Alvarito, sino junto de estar saliendo, de ser novios, de darse besos y esas cosas. Aquel romance no iba a durar demasiado, y apenas unos días antes de que acabase el verano lo dejarían. Pero fue la primera relación que hubo en nuestro grupo, la primera vez que nos dimos cuenta que no había que ser Brad Pitt ni John Travolta para acabar besando apasionadamente a una chica.

Fue un buen verano, en aquella plazoleta donde siguen sentándose las madres adolescentes y los sempiternos parados. Allí sólo pasan los años, nunca el tiempo.

2007-09-15 11:50 | 6 Comentarios


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Comentarios

1
De: thais Fecha: 2007-09-15 15:06

¿Es la misma Macu que te econtraste en Sevilla hará un año?



2
De: Jose Joaquin Fecha: 2007-09-15 16:35

Sí, aunque lo mismo ella ni se acuerda de que una vez tuvo un novio al que llamábamos Cubano.



3
De: thais Fecha: 2007-09-16 23:46

jajaja, lo supongo



4
De: Kitty Fecha: 2007-09-17 03:47

Me encanta este post, es flipante.
La de mañanas y tardes que habré pasado yo en esa plaza =D



5
De: Darthz Fecha: 2007-09-17 03:53

Qué añoranza dan los recuerdos. Se nota tan sólo al leerte unas líneas...

Una sonrisa.



6
De: Jose Joaquin Fecha: 2007-09-17 08:25

¿También tu has pasado por esa plaza, Kitty? Jajaja, que chico es Cádiz y qué grande es la plazita...



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