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LAS AVENTURAS DE CARBONELL 5: PRIMERAS VACACIONES

Justo antes de acabar el verano, Pablo Carbonell se presentó en mi casa.

Aún no había soltado el petate ni se había quitado el uniforme, por lo que no fui capaz de reconocerle en un primer momento. Además, aquella larga melena se había convertido en una fina pátina de pelo, su eterno bronceado surfero se había tornado en moreno de camionero, y el ejercicio le había ensanchado.

“¿¡Qué pasa, pollo!?” me gritó. Sólo entonces me di cuenta de que era Carbonell, nuestro Carbonell.

Media hora después estábamos en el chino de debajo de mi casa, comiendo arroz tres hormigas y rollitos de pollo agripicante. Se me hacía extraño verle después de todo este tiempo, y aunque habíamos cambiado algunas cartas durante su ausencia (porque eso del móvil e Internet nos parecía una pijada tremenda) sentía que tenía delante a una persona distinta.

Carbonell me fue relatando todas sus aventuras. Las que yo les he contado aquí, y algunas que he prometido silenciar por miedo a las represalias, no porque sean poco cafres. Me las contó comiendo, y luego tomando un café. Y como no hay tercer café, sino primera cerveza, las mejores historias fueron apareciendo en la sobremesa. Y como no hay quinta cerveza, sino primer cubata, las batallitas del Chou y del Calvo vinieron poco después.

Luego me tocó a mí hacer recuento del verano: mi novia me había dejado, el Cubano había suspendido todas en Graduado Social, un par de niñas más salían ahora con nosotros y otro par habían caído en combate (léase sacado novios y desaparecido). Y a todo ello me dio por preguntar, cuando ya era siendo hora de cenar, teníamos la garganta destrozada, y nos habíamos quedado sin sitio en el hígado:

“Y digo yo, Pablo, ¿tú estás seguro de que sabes donde vives?”

“Coño, Jose, que el ejército me habrá vuelto más berraco, pero no idiota.”

“Hombre, es que llevamos ya mil horas, y oye, que me lo paso genial y la resaca mañana no nos la quita ni el acostarnos ahora. Pero como te veo con el macuto, el uniforme y todo eso, imagino que no habrás pasado por casa.”

Pablo me miró muy serio, como si hubiese tocado un tema doloroso. No me podía imaginar que era. Don Carbonell podía tener una foto de Francisco y Jose Antonio en la cartera, pero debía estar contento de que su hijo hubiese jurado bandera.

“Ay, Jose, que ese es el problema. Que a mi padre le gusta tanto el ejército, y le hace tanta ilusión que haya jurado bandera, que les ha dicho a todos los vecinos que en cuanto llegue les llama para que me vean. Y luego a casa de mi hermana, y luego de mis tíos… y los abuelos, claro.”

Ahí estaba la verdad, Pablo puede que se lo estuviera pasando estupendamente, pero la auténtica razón para no recogerse era que tan pronto como llegase a casa le iban a mostrar como si fuese un trofeo.

Por supuesto, cuando volvió a casa no fue tan horrible como creía… fue aún peor. Sus padres no sólo llamaron a los vecinos aquella noche, sino que como era muy tarde para visitar a la familia, Pablo estuvo desaparecido dos días más, embutido en su uniforme, sin poder lavarlo siquiera, siendo el orgullo de los Carbonell.

Y justo cuando lo dejaron libre, empezó a llover y a hacer un frío de narices. Quién le iba a decir a Carbonell que iba a echar de menos la disciplina del ejército, simplemente porque era menos jodida que la de su casa.

2007-08-09 01:24 | 0 Comentarios


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