Inicio > Historias > LAS AVENTURAS DE CARBONELL 2: LOS COMPAÑEROS

LAS AVENTURAS DE CARBONELL 2: LOS COMPAÑEROS

El verano en el que Pablo Carbonell entró en el Ejército nadie, pero absolutamente nadie, volvió a saber de él. Ni siquiera la familia tenía demasiadas noticias del hijo pródigo, y cuando me encontraba al señor Carbonell por la calle y le preguntaba por Pablo, éste se limitaba a contestar:

“Muy bien, claro. Sirviendo a la Patria como está, se encuentra como en la gloria.”

Pero lo cierto es que Pablo no se encontraba en la gloria, sino en León, pasando más calor que un esquimal en la Caleta. ¿Y qué dientes hacía mi amigo en León? Pues existen dos teorías, claro está. Según la versión oficial, a nuestro héroe le dijeron que su instrucción sería en el norte, y él patrióticamente dijo que iría a donde las armas le llamasen. La realidad, creo yo, es que Pablo quiso irse lo más lejos posible de sus padres y de sus amigos, para que no nos cachondeáramos demasiado de él ni de su corte de pelo al cero.

El Ejército, el español al menos, es un lugar de lo más curioso. Con el sueldo que pagan (hoy día escaso para la tropa, y cuando ocurrió esta historia hace unos años aún mucho más) entenderán ustedes que mucha gente decida dedicarse a ocupaciones más rentables y menos duras. Pablo estaba allí por obligación, pero pronto descubrió que la mayoría de sus compañeros eran gentes de la España profunda (joder, pero profunda profunda) que habían visto en las armas la posibilidad de jugar a los G.I. Joe, salir de la pedanía y de paso ver mundo. Ese era el caso del Calvo y del Chou, de quienes les hablaré en otra entrega.

Los primeros días, una vez superado con creces un examen básico y una entrevista con un psicólogo, se instaló a los reclutas en unos barracones confortables, bien ventilados y con buena iluminación. Vamos, que a Pablo aquello le pareció un buen comienzo. Sin embargo, a su lado había un chaval, también muy joven, que estaba llorando. Se pueden ustedes imaginar a Pablo intentando consolarle, diciéndole que no pasaba nada, que ya se acostumbraría a vivir todo el mundo junto, que enseguida haría muchos amigos, y todas esas cosas que se le dicen a los niños de 12 años cuando van de campamento. Pero el chaval, secándose las lágrimas, sorprendió a Pablo diciendo:

“Pero ji a mi ejto me encanta, ji ej genial. Ji yo ejtoy llorando de la emojión de tené una cama pa mí jolo.”

Fue la primera vez, desde luego no la última, que Pablo se preguntó qué hacía allí metido.

Puesto que llegaron un fin de semana y no comenzaban la instrucción hasta el lunes, se les informó a todos de que se pasarían películas en una sala de cine pequeñita que tenían en el cuartel. Y ya se pueden ustedes imaginar qué fin de semana se pegaron, a base de litronas y cine, que el lunes por la mañana todavía no sabían ni cómo se salía del cuartel.

Eso sí, las películas eran un poco patrioteras. Patrioteras y americanas, la leche, que pechá de americanos salvando al mundo. Vieron Godzilla (la última que hicieron, se entiende), El Sargento de Hierro, Top Gun, La Chaqueta Metálica y Oficial y Caballero. Sólo pusieron una española, Cateto a Babor, que a Pablo le dio una emoción tremenda, no sólo porque saliera Alfredo Landa, sino también porque aparecía San Fernando, la Isla, ay coñe, que morriña.

Y todo esto nos lleva a la conclusión trágica de esta entrega. Y es que el lunes, cuando el instructor apareció, les comenzó a hablar de la siguiente manera:

“¡Mierdas, que sois unos mierdas! ¡Sois unos enganchados que os creéis que vais a forraros a costa de vuestra PATRIA! ¿Me equivoco? ¡Claro que no!”

Al recluta llorón se le empezó a dibujar una sonrisita en la cara.

“¿Habéis visto la percha que hay afuera, enganchados?”

“¡Señor, no señor!” Respondieron todos a una, imitando lo que habían visto en las películas. Dos o tres reclutas más comenzaron a sonreír.

“¡Es para que dejéis vuestros cojones! ¡Los reclutas no tienen cojones, porque no son hombres! ¡Aquí sólo yo soy un hombre! ¡Sólo yo…!” El sargento paró su monólogo, posiblemente aprendido y repetido desde que se hizo instructor años atrás, y se quedó mirando la cara de gilipollas de sus reclutas. Pero cara de gilipollas de verdad, todos con los ojos abiertos como platos, sonrisa en la boca y mirada atenta. Todos no, claro, pues Pablo estaba igual de alucinado que el sargento con lo que ocurría.

¡Menudo cabreo se cogió el sargento! Les puso a correr, a hacer flexiones, a correr más, a hacer abdominales, a limpiarle el coche… y los muy cabrones no perdían la sonrisa. Y ya, harto a más no poder de aquel cachondeito, decidió dar ejemplo y mandar a tres de los reclutas al calabozo. Fueron elegidos los dos más feos y Pablo, vete tú a saber por qué, con lo que él ligaba en las calitas de Roche el verano pasado: Pero es que el ejército no entiende de estas cosas, ni de estilo, así que le tocó pasar un par de diítas a la sombra.

“¡Pero anormales! ¿Por qué os dio por sonreír tanto?”

“Era como si fuéramos protas de una película, tío.” Comentaron sus dos compañeros.

Y es que cuando el sargento se puso a gritarles y a soltar el discurso típico, a todos se les vino a la cabeza el aluvión de patrióticas que habían visto aquel fin de semana. Empezaron a sonreír no porque les hiciese gracia el instructor, ¡sino porque se sentían como Richard Gere en Oficial y Caballero!

Fue la segunda vez, y desde luego no la última, que Pablo se preguntó qué hacía allí metido.

2007-07-19 08:35 | 8 Comentarios


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Comentarios

1
De: Felipín Fecha: 2007-07-19 11:50

... y ahora se va a Afganistán, el "Pablo".



2
De: Marvelboy Fecha: 2007-07-19 12:28

¡Que nooo, que nooo! ¡¡Que no puede ser que haya gente tan burra!!



3
De: Jose Mangel Fecha: 2007-07-19 14:04

Yo sabía lo de Spain is diferente, pero esos tios mas que different son tontos del culo.... o de alguna otra parte erógena del cuerpo...



4
De: Jose Joaquin Fecha: 2007-07-19 14:55

Tengo varios amigos que son militares profesionales, y desde luego tienen anécdotas más que sobradas.

Uno de los problemas es que por el bajo nivel de reclutas, se baja el nivel requerido, lo que hace que se cuelen elementos realmente curiosos. También hay gente muy competente, claro, pero esos tienen menos gracia.



5
De: Kitty Fecha: 2007-07-19 15:01

Vaya tela, qué gente...qué esperamos de un país en el que la mayoría considera que su máxima expresión cultural son los toros...



6
De: Madita Fecha: 2007-07-20 00:44

Qué grande Alfredo Landa...!



7
De: "Pablo" Fecha: 2007-07-20 09:58

Si yo os contará,mis aspiraciones visto lo visto es ser un puto parasito del país . Es decir , Tocarme los güe..s y vivir del cuento.No es productivo , y que , es productivo cobrar la burrada que cobran los futbolistas por dar patadas a un balón.



8
De: Jose Joaquin Fecha: 2007-07-20 10:14

A eso digo... ¡qué razón tienes!



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